Hay quienes pretenden que tales cambios de nombre traen mala suerte, pero la verdad es que el lugar quedaba a trasmano, estaba quiz谩 mejor elegido para una hoster铆a de novela —como la imaginada por estos muchachos— que para recibir parroquianos. Julia y Ar茅valo advirtieron por fin que nunca juntar铆an dinero para pagar, adem谩s de los impuestos, la deuda al prestamista, que los intereses vertiginosamente aumentaban. Con la espl茅ndida vehemencia de la juventud rechazaban la idea de perder La So帽ada y de volver a Buenos Aires, cada uno al brete de su oficina. Porque todo hab铆a salido bien, que ahora saliera mal les parec铆a un ensa帽amiento del destino. D铆a a d铆a estaban m谩s pobres, m谩s enamorados, m谩s contentos de vivir en aquel lugar, m谩s temerosos de perderlo, hasta que lleg贸, como un 谩ngel disfrazado, mandado por el cielo para probarlos, o como un m茅dico prodigioso, con la panacea infalible en la maleta, la se帽ora que en el piso alto se desvest铆a, junto a la vaporosa ba帽adera donde ca铆a a borbotones el agua caliente.
Un rato antes, en el solitario sal贸n, cara a cara, en una de las mesitas que en vano esperaban a los parroquianos, examinaron los libros y se hundieron en una conversaci贸n desalentadora.
—Por m谩s que demos vuelta los papeles —hab铆a dicho Ar茅valo, que se cansaba pronto— no vamos a encontrar plata. La fecha de pago se viene encima.
—No hay que darse por vencido —hab铆a replicado Julia.
—No es cuesti贸n de darse por vencido, pero tampoco de imaginar que hablando haremos milagros. ¿Qu茅 soluci贸n queda? ¿Carlitas de propaganda a Necochea y a Miramar? Las 煤ltimas nos costaron sus buenos pesos. ¿Con qu茅 resultado? El grupo de se帽oras que vino una tarde a tomar el t茅 y nos discuti贸 la adici贸n.
—¿Tu soluci贸n es darse por vencido y volver a Buenos Aires?
—En cualquier parte seremos felices.
Julia le dijo que «las frases la enfermaban»; que en Buenos Aires ninguna tarde, salvo en los fines de semana, estar铆an juntos; que en tales condiciones no sab铆a por qu茅 ser铆an felices, y que, adem谩s, en la oficina donde 茅l trabajar铆a, seguramente habr铆a mujeres.
—A la larga te gustar谩 la menos fea —concluy贸.
—Qu茅 falta de confianza —dijo 茅l.
—¿Falta de confianza? Todo lo contrario. Un hombre y una mujer que pasan los d铆as bajo el mismo techo, acaban en la misma cama. Cerrando con fastidio un cuaderno negro, Ar茅valo respondi贸:
—Yo no quiero volver, ¿qu茅 m谩s quiero que vivir aqu铆?, pero si no aparece un 谩ngel con una valija llena de plata…
—¿Qu茅 es eso? —pregunt贸 Julia.
Dos luces amarillas y paralelas vertiginosamente cruzaron el sal贸n. Luego se oy贸 el motor de un autom贸vil y muy pronto apareci贸 una se帽ora, que llevaba el chambergo desbordado por mechones grises, la capa de viaje algo ladeada y, bien empu帽ada en la mano derecha, una valija. Los mir贸, sonri贸, como si los conociera.
—¿Tienen un cuarto? —inquiri贸—. ¿Pueden alquilarme un cuarto? Por la noche, nom谩s. Comer no quiero, pero un cuarto para dormir y si fuera posible un ba帽o bien calentito…
Porque le dijeron que s铆, la se帽ora, embelesada, repet铆a:
—Gracias, gracias.
Por 煤ltimo emprendi贸 una explicaci贸n, con palabra f谩cil, con nerviosidad, con ese tono un poco irreal que adoptan las se帽oras ricas en las reuniones mundanas.
—A la salida de no s茅 qu茅 pueblo —dijo— me desorient茅. Dobl茅 a la izquierda, estoy segura, cuando ten铆a que doblar a la derecha, estoy segura. Aqu铆 me tienen ahora, cerca de Miramar ¿no es verdad?, cuando me esperan en el hotel de Necochea. Pero ¿quieren que les diga una cosa? Estoy contenta, porque los veo tan j贸venes y tan lindos (s铆, tan lindos, puedo decirlo, porque soy una vieja) que me inspiran confianza. Para tranquilizarme del todo quiero contarles cuanto antes un secreto: tuve miedo, porque era de noche y yo andaba perdida, con un mont贸n de plata en la valija, y hoy en d铆a la matan a uno de lo m谩s barato. Ma帽ana a la hora del almuerzo quiero estar en Necochea. ¿Ustedes creen que llego a tiempo? Porque a las tres de la tarde sacan a remate una casa, la casa que quiero comprar, desde que la vi, sobre el camino de la costa, en lo alto, con vista al mar, un sue帽o, el sue帽o de mi vida.
—Yo acompa帽o arriba a la se帽ora, a su cuarto —dijo Julia—. T煤 cargas la caldera.
Pocos minutos despu茅s, cuando se encontraron en el sal贸n, de nuevo solos, Ar茅valo coment贸:
—Ojal谩 que ma帽ana compre la casa. Pobre vieja, tiene los mismos gustos que nosotros.
—Te prevengo que no voy a enternecerme —contest贸 Julia, y ech贸 a re铆r—. Cuando llega la gran oportunidad, no hay que perderla.
—¿Qu茅 oportunidad lleg贸? —pregunt贸 Ar茅valo, fingiendo no entender.
—El 谩ngel de la valija —dijo Julia. Como si de pronto no se conocieran, se miraron gravemente, en silencio. Arriba crujieron los tablones del piso: la se帽ora andaba por el cuarto. Julia prosigui贸—: La se帽ora iba a Necochea, se perdi贸, en este momento podr铆a estar en cualquier parte. S贸lo t煤 y yo sabemos que est谩 aqu铆.
—Tambi茅n sabemos que trae una valija llena de plata —convino Ar茅valo—. Lo dijo ella. ¿Por qu茅 va a enga帽arnos?
—Empiezas a entender —murmur贸 casi tristemente Julia.
—¿No me pedir谩s que la mate?
—Lo mismo dijiste el d铆a que te mand茅 matar el primer pollo. ¿Cu谩ntos has degollado?
—Clavar el cuchillo y que mane la sangre de la vieja…
—Dudo de que distingas la sangre de la vieja de la sangre de un pollo; pero no te preocupes: no habr谩 sangre. Cuando duerma, con un palo.
—¿Golpearle la cabeza con un palo? No puedo.
—¿C贸mo no puedo? Que sea en una mesa o en una cabeza, golpear con un palo es golpear con un palo. ¿D贸nde, qu茅 te importa? O la se帽ora o nosotros. O la se帽ora sale con la suya…
—Lo s茅, pero no te reconozco. Tanta ferocidad… Sonriendo inopinadamente, Julia sentenci贸:
—Una mujer debe defender su hogar.
—Hoy tienes una ferocidad de loba.
—Si es necesario lo defender茅 como una loba. ¿Entre tus amigos hab铆a matrimonios felices? Entre los m铆os, no. ¿Te digo la verdad? Las circunstancias cuentan. En una ciudad como Buenos Aires, la gente vive irritada, hay tentaciones. La falta de plata empeora las cosas. Aqu铆 t煤 y yo no corremos peligro, Ra煤l, porque nunca nos aburrimos de estar juntos. ¿Te explico el plan?
Bram贸 el motor de un autom贸vil por el camino. Arriba trajinaba la se帽ora.
—No —dijo Ar茅valo—. No quiero imaginar nada. Si no, tengo l谩stima y no puedo… T煤 das 贸rdenes, yo las cumplo.
—Bueno. Cierra todo, la puerta, las ventanas, las persianas.
Ra煤l Ar茅valo cerr贸 las ventanas y las persianas, ajust贸 los pasadores, uno por uno, cerr贸 las dos hojas de la puerta de entrada, ajust贸 el pasador, gir贸 la llave, coloc贸 la pesada tranca de hierro.
Hablaron del silencio que de repente hubo en la casa, del riesgo de que llegara un parroquiano, de si ten铆a otra salida la situaci贸n, de si podr铆an ser felices con un crimen en la conciencia.
—¿D贸nde est谩 el rastrillo? —pregunt贸 Julia.
—En el s贸tano, con las herramientas.
—Vamos al s贸tano. Damos tiempo a la se帽ora para que se duerma y t煤 ejerces tu habilidad de carpintero. A ver, fabrica un mango de rastrillo, aunque no sea tan largo como el otro.
Como un artesano aplicado, Ar茅valo obedeci贸. Pregunt贸 al rato:
—Y esto ¿para qu茅 es?
—No preguntes nada, si no quieres imaginar nada. Ahora clavas en la punta una madera transversal, m谩s ancha que la parte de fierro del rastrillo.
Mientras Ra煤l Ar茅valo trabajaba, Julia revolv铆a entre la le帽a y alimentaba la caldera.
—La se帽ora ya se ba帽贸 —dijo Ar茅valo.
Empu帽ando un trozo de le帽a como una maza, Julia contest贸:
—No importa. No seas avaro. Ahora somos ricos. Quiero tener agua caliente. —Despu茅s de una pausa, anunci贸—: Por un minuto nom谩s te dejo. Voy a mi cuarto y vuelvo. No te escapes.
Dir铆ase que Ar茅valo se aplic贸 a la obra con m谩s af谩n a煤n. Su mujer volvi贸 con un par de guantes de cuero y con un frasco de alcohol.
—¿Por qu茅 nunca te compraste guantes? —pregunt贸 distra铆damente; dej贸 la botella a la entrada de la le帽era, se puso los guantes y, sin esperar respuesta, continu贸—: Un par de guantes, cr茅eme, siempre es 煤til. ¿Ya est谩 el rastrillo nuevo? Vamos arriba, t煤 llevas uno y yo el otro. Ah, me olvidaba de este pedazo de le帽a.
Alz贸 el le帽o que parec铆a una maza. Volvieron al sal贸n. Dejaron los rastrillos contra la puerta. Detr谩s del mostrador, Julia recogi贸 una bandeja de metal, una copa y una jarra. Llen贸 la jarra con agua.
—Por si despierta, porque a su edad tienen el sue帽o muy liviano (si no lo tienen pesado, como los ni帽os), yo voy delante, con la bandeja. Cubierto por m铆, t煤 me sigues, con esto.
Indic贸 el le帽o, sobre una mesa. Como el hombre vacilara, Julia tom贸 el le帽o y se lo dio en la mano.
—¿No valgo un esfuerzo? —pregunt贸 sonriendo.
Lo bes贸 en la mejilla. Ar茅valo aventur贸:
—¿Por qu茅 no bebemos algo?
—Yo quiero tener la cabeza despejada y t煤 me tienes a m铆 para animarte.
—Acabemos cuanto antes —pidi贸 Ar茅valo.
—Hay tiempo —respondi贸 Julia. Empezaron a subir la escalera.
—No haces crujir los escalones —dijo Ar茅valo—. Yo s铆. ¿Por qu茅 soy tan torpe?
—Mejor que no crujan —afirm贸 Julia—. Encontrarla despierta ser铆a desagradable.
—Otro autom贸vil en el camino. ¿Por qu茅 habr谩 tantos autom贸viles esta noche?
—Siempre pasa alg煤n autom贸vil.
—Con tal de que pase. ¿No estar谩 ah铆?
—No, ya se fue —asegur贸 Julia.
—¿Y ese ruido? —pregunt贸 Ar茅valo.
—Un ca帽o.
En el pasillo de arriba Julia encendi贸 la luz. Llegaron a la puerta del cuarto. Con extrema delicadeza Julia movi贸 el picaporte y abri贸 la puerta. Ar茅valo ten铆a los ojos fijos en la nuca de su mujer, nada m谩s que en la nuca de su mujer; de pronto lade贸 la cabeza y mir贸 el cuarto. Por la puerta as铆 entornada la parte visible correspond铆a al cuarto vac铆o, al cuarto de siempre: las cortinas, de cretona, de la ventana, el borde, con molduras, del respaldo de los pies de la cama, el sill贸n provenzal. Con adem谩n suave y firme Julia abri贸 la puerta totalmente. Los ruidos, que hasta ese momento, de manera tan variada se prodigaban, al parecer hab铆an cesado. El silencio era an贸malo: se o铆a un reloj, pero dir铆ase que la pobre mujer de la cama ya no respiraba. Quiz谩 los aguardaba, los ve铆a, conten铆a la respiraci贸n. De espaldas, acostada, era sorprendentemente voluminosa; una mole oscura, curva; m谩s all谩, en la penumbra, se adivinaba la cabeza y la almohada. La mujer ronc贸. Temiendo acaso que Ar茅valo se apiadara, Julia le apret贸 un brazo y susurr贸:
—Ahora.
El hombre avanz贸 entre la cama y la pared, el le帽o en alto. Con fuerza lo baj贸. El golpe arranc贸 de la se帽ora un quejido sordo, un desgarrado mugido de vaca. Ar茅valo golpe贸 de nuevo.
—Basta —orden贸 Julia—. Voy a ver si est谩 muerta. Encendi贸 el velador. Arrodillada, examin贸 la herida, luego reclin贸 la cabeza contra el pecho de la se帽ora. Se incorpor贸.
—Te portaste —dijo.
Apoyando las palmas en los hombros de su marido, lo mir贸 de frente, lo atrajo a s铆, apenas lo bes贸. Ar茅valo inici贸 y reprimi贸 un movimiento de repulsi贸n.
—Raulito —murmur贸 aprobativamente Julia. Le quit贸 de la mano el le帽o.
—No tiene astillas —coment贸 mientras deslizaba por la corteza el dedo enguantado—. Quiero estar segura de que no quedaron astillas en la herida.
Dej贸 el le帽o en la mesa y volvi贸 junto a la se帽ora. Como pensando en voz alta, agreg贸:
—Esta herida se va a lavar.
Con un vago adem谩n indic贸 la ropa interior, doblada sobre una silla, el traje colgado de la percha.
—Dame —dijo.
Mientras vest铆a a la muerta, en tono indiferente indic贸:
—Si te desagrada, no mires.
De un bolsillo sac贸 un llavero. Despu茅s la tom贸 debajo de los brazos y la arrastr贸 fuera de la cama. Ar茅valo se adelant贸 para ayudar.
—D茅jame a m铆 —lo contuvo Julia—. No la toques. No tienes guantes. No creo mucho en el cuento de las impresiones digitales, pero no quiero disgustos.
—Eres muy fuerte —dijo Ar茅valo.
—Pesa —contest贸 Julia.
En realidad, bajo el peso del cad谩ver los nervios de ellos dos por fin se aflojaron. Como Julia no permiti贸 que la ayudaran, el descenso por la escalera tuvo peripecias de pantomima. Repetidamente retumbaban en los escalones los talones de la muerta.
—Parece un tambor —dijo Ar茅valo.
—Un tambor de circo, anunciando el salto mortal.
Julia se recostaba contra la baranda, para descansar y re铆r.
—Est谩s muy linda —dijo Ar茅valo.
—Un poco de seriedad —pidi贸 ella; se cubri贸 la cara con las manos—. No sea que nos interrumpan.
Los ruidos reaparecieron; particularmente el del ca帽o.
Dejaron el cad谩ver al pie de la escalera, en el suelo, y subieron. Tras de probar varias llaves, Julia abri贸 la valija. Puso las dos manos adentro, y las mostr贸 despu茅s, cada una agarrando un sobre repleto. Los dio al marido, para que los guardara. Recogi贸 el chambergo de la se帽ora, la valija, el le帽o.
—Hay que pensar d贸nde esconderemos la plata —dijo—. Por un tiempo estar谩 escondida.
Bajaron. Con adem谩n burlesco, Julia hundi贸 el chambergo hasta las orejas a la muerta. Corri贸 al s贸tano, empap贸 el le帽o en alcohol, lo ech贸 al fuego. Volvi贸 al sal贸n.
—Abre la puerta y as贸mate afuera —pidi贸.
Obedeci贸 Ar茅valo.
—No hay nadie —dijo en un susurro.
De la mano, salieron. Era noche de luna, hac铆a fresco, se o铆a el mar. Julia entr贸 de nuevo en la casa; volvi贸 a salir con la valija de la se帽ora; abri贸 la puerta del autom贸vil, un cabriolet Packard, anticuado y enorme; ech贸 la valija adentr贸. Murmur贸:
—Vamos a buscar a la muerta. —En seguida levant贸 la voz—. Ay煤dame. Estoy harta de cargar con ese fardo. Al diablo con las impresiones digitales.
Apagaron todas las luces de la hoster铆a, cargaron con la se帽ora, la sentaron entre ellos, en el coche, que Julia condujo. Sin encender los faros llegaron a un paraje donde el camino coincid铆a con el borde a pique de los acantilados, a unos doscientos metros de La So帽ada. Cuando Julia detuvo el Packard, la rueda delantera izquierda pend铆a sobre el vac铆o. Abri贸 la portezuela a su marido y orden贸:
—B谩jate.
—No creas que hay mucho lugar —protest贸 Ar茅valo, escurri茅ndose entre el coche y el abismo.
Ella baj贸 a su vez y empuj贸 el cad谩ver detr谩s del volante. Pareci贸 que el autom贸vil se deslizaba.
—¡Cuidado! —grit贸 Ar茅valo.
Cerr贸 Julia la portezuela, se asom贸 al vac铆o, golpe贸 con el pie en el suelo, vio caer un terr贸n. En sinuosos dibujos de espuma y sombra el mar, abajo, se mov铆a vertiginosamente.
—Todav铆a sube la marea —asegur贸—. ¡Un empuj贸n y estamos libres!
Se prepararon.
—Cuando diga ahora, empujamos con toda la furia —orden贸 ella—. ¡Ahora!
El Packard se desbarranc贸 espectacularmente, con algo humano y triste en la ca铆da, y los muchachos quedaron en el suelo, en el pasto, al borde del acantilado, uno en brazos del otro, Julia llorando como si nada fuera a consolarla, sonriendo cuando Ar茅valo le besaba la cara mojada. Al rato se incorporaron, se asomaron al borde.
—Ah铆 est谩 —dijo Ar茅valo.
—Ser铆a mejor que el mar se lo llevara, pero si no se lo lleva, no importa.
Volvieron camino. Con los rastrillos borraron las huellas del autom贸vil entre el patio de tierra y el pavimento. Antes de que hubieran destruido todos los rastros y puesto en perfecto orden la casa, el nuevo d铆a los sorprendi贸. Ar茅valo dijo:
—Vamos a ver cu谩nta plata tenemos.
Sacaron de los sobres los billetes y los contaron.
—Doscientos siete mil pesos —anunci贸 Julia.
Comentaron que si la mujer llevaba m谩s de doscientos mil pesos para la se帽a, estaba dispuesta a pagar m谩s de dos millones por la casa; que en los 煤ltimos a帽os el dinero hab铆a perdido mucho valor; que esa p茅rdida los favorec铆a, porque la suma de la se帽a les alcanzaba a ellos para pagar la hoster铆a y los intereses del prestamista.
Con el mejor 谩nimo, Julia dijo:
—Por suerte hay agua caliente. Nos ba帽aremos juntos y tomaremos un buen desayuno.
La verdad es que por un tiempo no estuvieron tranquilos. Julia predicaba la calma, dec铆a que un d铆a pasado era un d铆a ganado. Ignoraban si el mar hab铆a arrastrado el autom贸vil o si lo hab铆a dejado en la playa.
—¿Quieres que vaya a ver? —pregunt贸 Julia.
—Ni so帽ar —contest贸 Ar茅valo—. ¿Te das cuenta si nos ven mirando?
Con impaciencia Ar茅valo esperaba el paso del 贸mnibus que dejaba todas las tardes el diario. Al principio ni los diarios ni la radio daban noticias de la desaparici贸n de la se帽ora. Parec铆a que el episodio hubiera sido un sue帽o de ellos dos, los asesinos.
Una noche Ar茅valo pregunt贸 a su mujer:
—¿Crees que puedo rezar? Yo quisiera rezar, pedir a un poder sobrenatural que el mar se lleve el autom贸vil. Estar铆amos tan tranquilos. Nadie nos vincular铆a con esa vieja del demonio.
—No tengas miedo —contest贸 Julia—. Lo peor que puede pasarnos es que nos interroguen. No es terrible: toda nuestra vida feliz por un rato en la comisar铆a. ¿Somos tan flojos que no podemos afrontarlo? No tienen pruebas contra nosotros. ¿C贸mo van a achacarnos lo que le pas贸 a la pobre se帽ora?
Ar茅valo pens贸 en voz alta:
—Esa noche nos acostamos tarde. No podemos negarlo. Cualquiera que pas贸, vio luz.
—Nos acostamos tarde, pero no o铆mos la ca铆da del autom贸vil.
—No. No o铆mos nada. Pero ¿qu茅 hicimos?
—O铆mos la radio.
—Ni siquiera sabemos qu茅 programas transmitieron esa noche.
—Estuvimos conversando.
—¿De qu茅? Si decimos la verdad, les damos el m贸vil. Est谩bamos arruinados y nos cae del cielo una vieja cargada de plata.
—Si todos los que no tienen plata salieran a matar como locos…
—Ahora no podemos pagar la deuda —dijo Ar茅valo.
—Y para no despertar sospechas —continu贸 sarc谩sticamente Julia— perdemos la hoster铆a y nos vamos a Buenos Aires, a vivir en la miseria. Por nada del mundo. Si quieres, no pagamos un peso, pero yo me voy a hablar con el prestamista. De alg煤n modo lo convenzo. Le prometo que si nos da un respiro, las cosas van a mejorar y 茅l cobrar谩 todo su dinero. Como s茅 que tengo el dinero, hablo con seguridad y lo convenzo.
La radio una ma帽ana, y despu茅s los diarios, se ocuparon de la se帽ora desaparecida.
—«A ra铆z de una conversaci贸n con el comisario Gariboto» —ley贸 Ar茅valo— «este corresponsal tiene la impresi贸n de que obran en poder de la polic铆a elementos de juicio que impiden descartar la posibilidad de un hecho delictuoso». ¿Ves? Empiezan con el hecho delictuoso.
—Es un accidente —afirm贸 Julia—. A la larga se convencer谩n. Ahora mismo la polic铆a no descarta la posibilidad de que la se帽ora est茅 sana y buena, extraviada qui茅n sabe d贸nde. Por eso no hablan de la plata, para que a nadie se le ocurra darle un palo en la cabeza.
Era un luminoso d铆a de mayo. Hablaban junto a la ventana, tomando sol.
—¿Qu茅 ser谩n los elementos de juicio? —interrog贸 Ar茅valo.
—La plata —asegur贸 Julia—. Nada m谩s que la plata. Alguno habr谩 ido con el cuento de que la se帽ora viajaba con una enormidad de plata en la valija.
De pronto Ar茅valo pregunt贸:
—¿Qu茅 hay all谩?
Un numeroso grupo de personas se mov铆a en la parte del camino donde se precipit贸 el autom贸vil. Ar茅valo dijo:
—Lo descubrieron.
—Vamos a ver —opin贸 Julia—. Ser铆a sospechoso que no tuvi茅ramos curiosidad.
—Yo no voy —respondi贸 Ar茅valo.
No pudieron ir. Todo el d铆a en la hoster铆a hubo clientes. Alentado, quiz谩, por la circunstancia. Ar茅valo se mostraba interesado, conversador, inquir铆a sobre lo ocurrido, juzgaba que en algunos puntos el camino se arrimaba demasiado al borde de los acantilados, pero reconoc铆a que la imprudencia era, por desgracia, un mal end茅mico de los automovilistas. Un poco alarmada, Julia lo observaba con admiraci贸n.
A los bordes del camino se amontonaron autom贸viles. Luego, Ar茅valo y Julia creyeron ver en medio del grupo de autom贸viles y de gente una suerte de animal erguido, un desmesurado insecto. Era una gr煤a. Alguien dijo que la gr煤a no trabajar铆a hasta la ma帽ana, porque ya no hab铆a luz. Otro intervino:
—Adentro del veh铆culo, un regio Packard del tiempo de la colonia, localizaron hasta dos cad谩veres.
—Como dos t贸rtolas en el nido, ir铆an a los besos, y de pronto ¡patap煤n! el Packard se propasa del borde, cae al agua.
—Lo siento —terci贸 una voz aflautada—, pero el autom贸vil es Cadillac.
Un oficial de Polic铆a, acompa帽ado de un se帽or canoso, de ori贸n encasquetado y gabardina verde, entr贸 en La So帽ada. El se帽or se descubri贸 para saludar a Julia. Mir谩ndola corno a un c贸mplice, coment贸:
—Trabajan ¿eh?
—La gente siempre imagina que uno gana mucho —contest贸 Julia—. No crea que todos los d铆as son como hoy.
—Pero no se queja ¿no?
—No, no me quejo.
Dirigi茅ndose al oficial de uniforme, el se帽or dijo:
—Si en vez de sacrificarnos por la repartici贸n, mont谩ramos un barcito como 茅ste, a nosotros tambi茅n otro gallo nos cantara. Paciencia, Matorras. —M谩s tarde, el se帽or pregunt贸 a Julia—: ¿Oyeron algo la noche del suceso?
—¿Cu谩ndo fue el accidente? —pregunt贸 ella.
—Ha de haber sido el viernes a la noche —dijo el polic铆a de uniforme.
—¿El viernes a la noche? —repiti贸 Ar茅valo—. Me parece que no o铆 nada. No recuerdo.
—Yo tampoco —a帽adi贸 Julia.
En tono de excusa, el se帽or de gabardina, anunci贸:
—Dentro de unos d铆as tal vez los molestemos, para una declaraci贸n en la oficina de Miramar.
—Mientras tanto ¿nos manda un vigilante para atender el mostrador? —pregunt贸 Julia. El se帽or sonri贸.
—Ser铆a una verdadera imprudencia —dijo—. Con el sueldo que paga la repartici贸n nadie para la olla.
Esa noche Ar茅valo y Julia durmieron mal. En cama conversaron de la visita de los polic铆as; de la conducta a seguir en el interrogatorio, si los llamaban; del autom贸vil con el cad谩ver, que a煤n estaba al pie del acantilado. A la madrugada Ar茅valo habl贸 de un vendaval y tormenta que ya no o铆an, de las olas que arrastraron el autom贸vil mar adentro. Antes de acabar la frase comprendi贸 que hab铆a dormido y so帽ado. Ambos rieron.
La gr煤a, a la ma帽ana, levant贸 el autom贸vil con la muerta. Un parroquiano que pidi贸 an铆s del Mono, anunci贸:
—La van a traer aqu铆.
Todo el tiempo la esperaron, hasta que supieron que la hab铆an llevado a Miramar en una ambulancia.
—Con los modernos gabinetes de investigaci贸n —opin贸 Ar茅valo— averiguar谩n que los golpes de la vieja no fueron contra los fierros del autom贸vil.
—¿Crees en esas cosas? —pregunt贸 Julia—. El moderno gabinete ha de ser un cuartucho, con un calentador Primus, donde un empleado toma mate. Vamos a ver qu茅 averiguan cuando les presenten la vieja con su buen sancocho en agua de mar.
Transcurri贸 una semana, de bastante animaci贸n en la hoster铆a. Algunos de los que acudieron la tarde en que se descubri贸 el autom贸vil, volvieron en familia, con ni帽os, o de a dos, en parejas. Julia observ贸:
—¿Ves que yo ten铆a raz贸n? La So帽ada es un lugar extraordinario. Era una injusticia que nadie viniera. Ahora la conocen y vuelven. Nos va a llegar toda la suerte junta.
Lleg贸 la citaci贸n de la Brigada de Investigaciones.
—Que me vengan a buscar con los milicos —Ar茅valo protest贸.
El d铆a fijado se presentaron puntualmente. Primero Julia pas贸 a declarar. Cuando le toc贸 su turno, Ar茅valo estaba un poco nervioso. Detr谩s de un escritorio lo esperaba el se帽or de las canas y la gabardina, que los visit贸 en La So帽ada; ahora no ten铆a gabardina y sonre铆a con afabilidad. En dos o tres ocasiones Ar茅valo llev贸 el pa帽uelo a los ojos, porque le lloraban. Hacia el final del interrogatorio, se encontr贸 c贸modo y seguro, como en una reuni贸n de amigos, pens贸 (aunque despu茅s lo negara) que el se帽or de la gabardina era todo un caballero. El se帽or dijo por fin:
—Muchas gracias. Puede retirarse. Lo felicito —y tras una pausa, agreg贸 en tono probablemente desde帽oso— por la se帽ora.
De vuelta en la hoster铆a, mientras Julia cocinaba, Ar茅valo pon铆a la mesa.
—Qu茅 compadres inmundos —coment贸 茅l—. Disponen de toda la fuerza del gobierno y sueltos de cuerpo lo apabullan al que tiene el infortunio de comparecer. Uno aguanta los insultos con tal de respirar el aire de afuera, no vaya a dar pie a que le apliquen la picana, lo hagan cantar y lo dejen que se pudra adentro. Palabra que si me garanten la impunidad, despacho al de la gabardina.
—Hablas como un tigre cebado —dijo riendo Julia—. Ya pas贸.
—Ya pas贸 el mal momento. Qui茅n sabe cu谩ntos parecidos o peores nos reserva el futuro.
—No creo. Antes de lo que supones, el asunto quedar谩 olvidado.
—Ojal谩 que pronto quede olvidado. A veces me pregunto si no tendr谩n raz贸n los que dicen que todo se paga.
—¿Todo se paga? Qu茅 tonter铆a. Si no cavilas, todo se arreglar谩 —asegur贸 Julia.
Hubo otra citaci贸n, otro di谩logo con el se帽or de la gabardina, cumplido sin dificultad y seguido de alivio. Pasaron meses. Ar茅valo no pod铆a creerlo, ten铆a raz贸n Julia, el crimen de la se帽ora parec铆a olvidado. Prudentemente, pidiendo plazos y nuevos plazos, como si estuvieran cortos de dinero, pagaron la deuda. En primavera compraron un viejo sedan Pierce-Arrow. Aunque el carromato gastaba mucha nafta —por eso lo pagaron con pocos pesos— tomaron la costumbre de ir casi diariamente a Miramar, a buscar las provisiones o con otro pretexto. Durante la temporada de verano, part铆an a eso de las nueve de la ma帽ana y a las diez ya estaban de vuelta, pero en abril, cansados de esperar clientes, tambi茅n sal铆an a la tarde. Les agradaba el paseo por el camino de la costa.
Una tarde, en el trayecto de vuelta, vieron por primera vez al hombrecito. Hablando del mar y de la fascinaci贸n de mirarlo, iban alegres, abstra铆dos, como dos enamorados, y de improvisto vieron en otro autom贸vil al hombrecito que los segu铆a. Porque reclamaba atenci贸n —con un designio oscuro— el intruso los molest贸. Ar茅valo, en el espejo, lo hab铆a descubierto: con la expresi贸n un poco imp谩vida, con la cara de hombrecito formal, que pronto aborrecer铆a demasiado; con los paragolpes de su Opel casi tocando el Pierce-Arrow. Al principio lo crey贸 uno de esos imprudentes que nunca aprenden a manejar. Para evitar que en la primera frenada se le viniera encima, sac贸 la mano, con repetidos ademanes dio paso, aminor贸 la marcha; pero tambi茅n el hombrecito aminor贸 la marcha y se mantuvo atr谩s. Ar茅valo procur贸 alejarse. Tr茅mulo, el Pierce-Arrow alcanz贸 una velocidad de cien kil贸metros por hora; como el perseguidor dispon铆a de un automovilito moderno, a cien kil贸metros por hora sigui贸 igualmente cerca. Ar茅valo exclam贸 furioso:
—¿Qu茅 quiere el degenerado? ¿Por qu茅 no nos deja tranquilos? ¿Me bajo y le rompo el alma?
—Nosotros —indic贸 Julia— no queremos trifulcas que acaben en la comisar铆a.
Tan olvidado estaba el episodio de la se帽ora, que por poco Ar茅valo no dice ¿por qu茅?
En un momento en que hubo m谩s autom贸viles en la ruta, h谩bilmente manejado el Pierce-Arrow se abri贸 paso y se perdi贸 del inexplicable seguidor. Cuando llegaron a La So帽ada hab铆an recuperado el buen 谩nimo: Julia ponderaba la destreza de Ar茅valo, 茅ste el poder del viejo autom贸vil.
El encuentro del camino fue recordado, en cama, a la noche; Ar茅valo pregunt贸 qu茅 se propondr铆a el hombrecito.
—A lo mejor —explic贸 Julia— a nosotros nos pareci贸 que nos persegu铆a, pero era un buen se帽or distra铆do, paseando en el mejor de los mundos.
—No —replic贸 Ar茅valo—. Era de la polic铆a o era un degenerado. O algo peor.
—Espero —dijo Julia— que no te pongas a pensar ahora que todo se paga, que ese hombrecito rid铆culo es una fatalidad, un demonio que nos persigue por lo que hicimos.
Ar茅valo miraba inexpresivamente y no contestaba. Su mujer coment贸:
—¡C贸mo te conozco!
脡l sigui贸 callado, hasta que dijo en tono de ruego:
—Tenemos que irnos, Julia, ¿no comprendes? Aqu铆 van a atraparnos. No nos quedemos hasta que nos atrapen —la mir贸 ansiosamente—. Hoy es el hombrecito, ma帽ana surgir谩 alg煤n otro. ¿No comprendes? Habr谩 siempre un perseguidor, hasta que perdamos la cabeza, hasta que nos entreguemos. Huyamos. A lo mejor todav铆a hay tiempo.
Julia dijo:
—Cu谩nta estupidez.
Le dio la espalda, apag贸 el velador, se ech贸 a dormir.
La tarde siguiente, cuando salieron en autom贸vil, no encontraron al hombrecito; pero la otra tarde, s铆. Al emprender el camino de vuelta, por el espejo lo vio Ar茅valo. Quiso dejarlo atr谩s, lanz贸 a toda velocidad el Pierce-Arrow; con mortificaci贸n advirti贸 que el hombrecito no perd铆a distancia, se manten铆a ah铆 cerca, invariablemente cerca. Ar茅valo disminuy贸 la marcha, casi la detuvo, agit贸 un brazo, mientras gritaba:
—¡Pase, pase!
El hombrecito no tuvo m谩s remedio que obedecer. En uno de los parajes donde el camino se arrima al borde del acantilado, los pas贸. Lo miraron: era calvo, llevaba graves anteojos de carey, ten铆a las orejas en abanico y un bigotito correcto. Los faros del Pierce-Arrow le iluminaron la calva, las orejas.
—¿No le dar铆as un palo en la cabeza? —pregunt贸 Julia, riendo.
—¿Puedes ver el espejo de su coche? —pregunt贸 Ar茅valo—. Sin disimulo nos esp铆a el cretino.
Empez贸 entonces una persecuci贸n al rev茅s. El perseguidor iba adelante, aceleraba o disminu铆a la marcha, seg煤n ellos aceleraran o disminuyeran la del Pierce-Arrow.
—¿Qu茅 se propone? —con desesperaci贸n mal contenida pregunt贸 Ar茅valo.
—Paremos —contest贸 Julia—. Tendr谩 que irse. Ar茅valo grit贸:
—No faltar铆a m谩s. ¿Por qu茅 vamos a parar?
—Para librarnos de 茅l.
—As铆 no vamos a librarnos de 茅l.
—Paremos —insisti贸 Julia.
Ar茅valo detuvo el autom贸vil. Pocos metros delante, el hombrecito detuvo el suyo. Con la voz quebrada, grit贸 Ar茅valo:
—Voy a romperle el alma.
—No bajes —pidi贸 Julia.
脡l baj贸 y corri贸, pero el perseguidor puso en marcha su autom贸vil, se alej贸 sin prisa, desapareci贸 tras un codo del camino.
—Ahora hay que darle tiempo para que se vaya —dijo Julia.
—No se va a ir —dijo Ar茅valo, subiendo al coche.
—Escapemos por el otro lado.
—¿Escaparnos? De ninguna manera.
—Por favor —pidi贸 Julia— esperemos diez minutos. 脡l mostr贸 el reloj. No hablaron. No hab铆an pasado cinco minutos cuando dijo Ar茅valo:
—Basta. Te juro que nos est谩 esperando al otro lado del recodo.
Ten铆a raz贸n: al doblar el recodo divisaron el coche detenido. Ar茅valo aceler贸 furiosamente.
—No seas loco —murmur贸 Julia.
Como si del miedo de Julia arrancara orgullo y coraje aceler贸 m谩s. Por velozmente que partiera el Opel no tardar铆an en alcanzarlo. La ventaja que le llevaban era grande: corr铆an a m谩s de cien kil贸metros. Con exaltaci贸n grit贸 Ar茅valo:
—Ahora nosotros perseguimos.
Lo alcanzaron en otro de los parajes donde el camino se arrima al borde del acantilado: justamente donde ellos mismos hab铆an desbarrancado, pocos meses antes, el coche con la se帽ora. Ar茅valo, en vez de pasar por la izquierda, se acerc贸 al Opel por la derecha; el hombrecito desvi贸 hacia la izquierda, hacia el lado del mar; Ar茅valo sigui贸 persiguiendo por la derecha, empujando casi el otro coche fuera del camino. Al principio pareci贸 que aquella lucha de voluntades podr铆a ser larga, pero pronto el hombrecito se asust贸, cedi贸, desvi贸 m谩s y Julia y Ar茅valo vieron el Opel saltar el borde del acantilado y caer al vac铆o.
—No pares —orden贸 Julia—. No deben sorprendernos aqu铆.
—¿Y no averiguar si muri贸? ¿Preguntarme toda la noche si no vendr谩 ma帽ana a acusarnos?
—Lo eliminaste —contest贸 Julia—. Te diste el gusto. Ahora no pienses m谩s. No tengas miedo. Si aparece, ya veremos. Caramba, finalmente sabremos perder.
—No voy a pensar m谩s —dijo Ar茅valo.
El primer asesinato —porque mataron por lucro, o porque la muerta confi贸 en ellos, o porque los llam贸 la polic铆a, o porque era el primero— los dej贸 atribulados. Ahora ten铆an uno nuevo para olvidar el anterior, y ahora hubo provocaci贸n inexplicable, un odioso perseguidor que pon铆a en peligro la dicha todav铆a no plenamente recuperada… Despu茅s de este segundo asesinato vivieron felices.
Unos d铆as vivieron felices, hasta el lunes en que apareci贸, a la hora de la siesta, el parroquiano gordo. Era extraordinariamente voluminoso, de una gordura floja, que amenazaba con derramarse y caerse; ten铆a los ojos difusos, la tez p谩lida, la papada descomunal. La silla, la mesa, el cafecito y la ca帽a quemada que pidi贸, parec铆an min煤sculos. Ar茅valo coment贸:
—Yo lo he visto en alguna parte. No s茅 d贸nde.
—Si lo hubieras visto, sabr铆as d贸nde. De un hombre as铆 nada se olvida —contest贸 Julia.
—No se va m谩s —dijo Ar茅valo.
—Que no se vaya. Si paga, que se quede el d铆a entero. Se qued贸 el d铆a entero. Al otro d铆a volvi贸. Ocup贸 la misma mesa, pidi贸 ca帽a quemada y caf茅.
—¿Ves? —pregunt贸 Ar茅valo.
—¿Qu茅? —pregunt贸 Julia.
—Es el nuevo hombrecito.
—Con la diferencia… —contest贸 Julia, y ri贸.
—No s茅 c贸mo r铆es —dijo Ar茅valo—. Yo no aguanto. Si es polic铆a, mejor saberlo. Si dejamos que venga todas las tardes y que se pase las horas ah铆, callado, mir谩ndonos, vamos a acabar con los nervios rotos, y no va a tener m谩s que abrir la trampa y caeremos adentro. Yo no quiero noches en vela, pregunt谩ndome qu茅 se propone este nuevo individuo. Yo te dije: siempre habr谩 uno…
—A lo mejor no se propone nada. Es un gordo triste… —opin贸 Julia—. Yo creo que lo mejor es dejar que se pudra en su propia salsa. Ganarle en su propio juego. Si quiere venir todos los d铆as, que venga, pague y listo.
—Ser谩 lo mejor —replic贸 Ar茅valo—, pero en ese juego gana el de m谩s aguante, y yo no doy m谩s.
Lleg贸 la noche. El gordo no se iba. Julia trajo la comida, para ella y para Ar茅valo. Comieron en el mostrador.
—¿El se帽or no va a comer? —con la boca llena, Julia pregunt贸 al gordo.
脡ste respondi贸:
—No, gracias.
—Si por lo menos te fueras —mir谩ndolo, Ar茅valo suspir贸.
—¿Le hablo? —inquiri贸 Julia—. ¿Le tiro la lengua?
—Lo malo —repuso Ar茅valo— es que tal vez no te da conversaci贸n, te contesta s铆, s铆, no, no.
Dio conversaci贸n. Habl贸 del tiempo, demasiado seco para el campo, y de la gente y de sus gustos inexplicables.
—¿C贸mo no han descubierto esta hoster铆a? Es el lugar m谩s lindo de la costa —dijo.
—Bueno —respondi贸 Ar茅valo, que desde el mostrador estaba oyendo—, si le gusta la hoster铆a es un amigo. Pida lo que quiera el se帽or: paga la casa.
—Ya que insisten —dijo el gordo— tomar茅 otra ca帽a quemada.
Despu茅s pidi贸 otra. Hac铆a lo que ellos quer铆an. Jugaban al gato y al rat贸n. Como si la ca帽a dulce le soltara la lengua, el gordo habl贸:
—Un lugar tan lindo y las cosas feas que pasan. Una picard铆a. Mirando a Julia, Ar茅valo se encogi贸 de hombros resignadamente.
—¿Cosas feas? —Julia pregunt贸 enojada.
—Aqu铆 no digo —reconoci贸 el gordo— pero cerca. En los acantilados. Primero un autom贸vil, despu茅s otro, en el mismo punto, caen al mar, vean ustedes. Por entera casualidad nos enteramos.
—¿De qu茅? —pregunt贸 Julia.
—¿Qui茅nes? —pregunt贸 Ar茅valo.
—Nosotros —dijo el gordo—. Vean ustedes, el se帽or ese del Opel que se desbarranc贸, Trejo de nombre, tuvo una desgracia, a帽os atr谩s. Una hija suya, una se帽orita, se ahog贸 cuando se ba帽aba en una de las playas de por aqu铆. Se la llev贸 el mar y no la devolvi贸 nunca. El hombre era viudo; sin la hija se encontr贸 solo en el mundo. Vino a vivir junto al mar, cerca del paraje donde perdi贸 a la hija, porque le pareci贸 —medio trastornado quedar铆a, lo entiendo perfectamente— que as铆 estaba m谩s cerca de ella. Este se帽or Trejo —quiz谩s ustedes lo hayan visto: un se帽or de baja estatura, delgado, calvo, con bigotito bien recortado y anteojos— era un pan de Dios, pero viv铆a retra铆do en su desgracia, no ve铆a a nadie, salvo al doctor Laborde, su vecino, que en alguna ocasi贸n lo atendi贸 y desde entonces lo visitaba todas las noches, despu茅s de comer. Los amigos beb铆an el caf茅, hablaban un rato y disputaban una partida de ajedrez. Noche a noche igual. Ustedes, con todo para ser felices, me dir谩n qu茅 programa. Las costumbres de los otros parecen una desolaci贸n, pero, vean ustedes, ayudan a la gente a llevar su vidita. Pues bien, una noche, 煤ltimamente, el se帽or Trejo, el del Opel, jug贸 muy mal su partida de ajedrez.
El gordo call贸, como si hubiera comunicado un hecho interesante y significativo. Despu茅s pregunt贸:
—¿Saben por qu茅? Julia contest贸 con rabia:
—No soy adivina.
—Porque a la tarde, en el camino de la costa, el se帽or Trejo vio a su hija. Tal vez porque nunca la vio muerta, pudo creer entonces que estaba viva y que era ella. Por lo menos, tuvo la ilusi贸n de verla. Una ilusi贸n que no lo enga帽aba del todo, pero que ejerc铆a en 茅l una aut茅ntica fascinaci贸n. Mientras cre铆a ver a su hija, sab铆a que era mejor no acercarse a hablarle. No quer铆a, el pobre se帽or Trejo, que la ilusi贸n se desvaneciera. Su amigo, el doctor Laborde, lo ret贸 esa noche. Le dijo que parec铆a mentira, que 茅l, Trejo, un hombre culto, se hubiera portado como un ni帽o, hubiera jugado con sentimientos profundos y sagrados, lo que estaba mal y era peligroso. Trejo dio la raz贸n a su amigo, pero arguy贸 que si al principio 茅l hab铆a jugado, quien despu茅s jug贸 era algo que estaba por encima de 茅l, algo m谩s grande y de otra naturaleza, probablemente el destino. Pues ocurri贸 un hecho incre铆ble: la muchacha que 茅l tom贸 por su hija —vean ustedes, iba en un viejo autom贸vil, manejado por un joven— trat贸 de huir. «Esos j贸venes», dijo el se帽or Trejo, «reaccionaron de un modo injustificable si eran simples desconocidos. En cuanto me vieron, huyeron, como si ella fuera mi hija y por un motivo misterioso quisiera ocultarse de m铆. Sent铆 como si de pronto se abriera el piso a mis pies, como si este mundo natural se volviera sobrenatural, y repet铆 mentalmente: No puede ser, no puede ser». Entendiendo que no obraba bien, procur贸 alcanzarlos. Los muchachos de nuevo huyeron.
El gordo, sin pesta帽ear, los mir贸 con sus ojos lacrimosos. Despu茅s de una pausa continu贸:
—El doctor Laborde le dijo que no pod铆a molestar a desconocidos. «Espero», le repiti贸, «que si encuentras a los muchachos otra vez, te abstendr谩s de seguirlos y molestarlos». El se帽or Trejo no contest贸.
—No era malo el consejo de Laborde —declar贸 Julia—. No hay que molestar a la gente. ¿Por qu茅 usted nos cuenta todo esto?
—La pregunta es oportuna —afirm贸 el gordo—: ata帽e el fondo de nuestra cuesti贸n. Porque dentro de cada cual el pensamiento trabaja en secreto, no sabemos qui茅n es la persona que est谩 a nuestro lado. En cuanto a nosotros mismos, nos imaginamos transparentes; no lo somos. Lo que sabe de nosotros el pr贸jimo, lo sabe por una interpretaci贸n de signos; procede como los augures que estudiaban las entra帽as de animales muertos o el vuelo de los p谩jaros. El sistema es imperfecto y trae toda clase de equivocaciones. Por ejemplo, el se帽or Trejo supuso que los muchachos hu铆an de 茅l, porque ella era su hija; ellos tendr铆an qui茅n sabe qu茅 culpa y le atribuir铆an al pobre se帽or Trejo qui茅n sabe qu茅 prop贸sitos. Para m铆, hubo corridas en la ruta, cuando se produjo el accidente en que muri贸 Trejo. Meses antes, en el mismo lugar, en un accidente parecido, perdi贸 la vida una se帽ora. Ahora nos visit贸 Laborde y nos cont贸 la historia de su amigo. A m铆 se me ocurri贸 vincular un accidente, digamos un hecho, con otro. Se帽or: a usted lo vi en la Brigada de Investigaciones, la otra vez, cuando lo llamamos a declarar; pero usted entonces tambi茅n estaba nervioso y quiz谩 no recuerde. Como apreciar谩n, pongo las cartas sobre la mesa.
Mir贸 el reloj y puso las manos sobre la mesa.
—Aunque debo irme, el tiempo me sobra, de modo que volver茅 ma帽ana. —Se帽alando la copa y la taza, agreg贸—: ¿Cu谩nto es esto?
El gordo se incorpor贸, salud贸 gravemente y se fue. Ar茅valo habl贸 como para s铆:
—¿Qu茅 te parece?
—Que no tiene pruebas —respondi贸 Julia—. Si tuviera pruebas, por m谩s que le sobre tiempo, nos hubiera arrestado.
—No te apures, nos va a arrestar —dijo Ar茅valo cansadamente—. El gordo trabaja sobre seguro: en cuanto investigue nuestra situaci贸n de dinero, antes y despu茅s de la muerte de la vieja, tiene la clave.
—Pero no pruebas —insisti贸 Julia.
—¿Qu茅 importan las pruebas? Estaremos nosotros, con nuestra culpa. ¿Por qu茅 no ves las cosas de frente, Julita? Nos acorralaron.
—Escapemos —pidi贸 Julia.
—Ya es tarde. Nos perseguir谩n, nos alcanzar谩n.
—Pelearemos juntos.
—Separados, Julia; cada uno en su calabozo. No hay salida, a menos que nos matemos.
—¿Que nos matemos?
—Hay que saber perder: t煤 lo dijiste. Juntos, sin toda esa pesadilla y ese cansancio.
—Ma帽ana hablaremos. Ahora tienes que descansar.
—Los dos tenemos que descansar.
—Vamos.
—Sube. Yo voy dentro de un rato.
Julia obedeci贸.
Ra煤l Ar茅valo cerr贸 las ventanas y las persianas, ajust贸 los pasadores, uno por uno, cerr贸 las dos hojas de la puerta de entrada, ajust贸 el pasador, gir贸 la llave, coloc贸 la pesada tranca de hierro.