martes, 6 de febrero de 2024

Extracto



En las ventanas del edificio de enfrente ya se han encendido las luces. Las siluetas de las mujeres de la limpieza se mueven en el gran open space de lo que debe de ser una agencia de comunicación. Ellas empiezan a las seis. Vernon suele despertarse un poco antes de que ellas lleguen. Le apetece un café cargado y un cigarro de filtro amarillo, le gustaría prepararse una tostada y desayunar recorriendo los titulares del Parisien en el ordenador.

Hace semanas que no compra café. Los cigarros que se lía por la mañana desmenuzando las colillas del día anterior son tan finos que es como aspirar papel. En los armarios no hay nada de comer. Pero sigue teniendo internet. Lo cobran justo el día en que recibe la ayuda para el alquiler. Desde hace unos meses se la abonan directamente al propietario, pero hasta ahora ha colado. Ojalá dure.

Le han cortado el móvil y ya no se rompe la cabeza comprando tarjetas prepago. Ante el desastre, Vernon mantiene una línea de conducta: finge no enterarse de nada. Vio las cosas desmoronándose a cámara lenta, y luego el hundimiento se aceleró. Pero Vernon no ha cedido ni a la indiferencia, ni a la elegancia.

Primero le quitaron el subsidio. Recibió por correo una copia de un informe sobre él, redactado por su asistente social. Se llevaba bien con ella. Se vieron regularmente durante casi tres años, en el pequeño despacho en el que la mujer condenaba a muerte a sus plantas. A la señora Bodard, de unos treinta años, muy peripuesta, teñida de pelirrojo, rechoncha y con grandes pechos, le gustaba hablar de sus dos hijos, que no dejaban de darle problemas, los llevaba a menudo al pediatra con la esperanza de que le dijera que eran hiperactivos y que tenía que darles sedantes. Pero el médico consideraba que estaban perfectamente y que el asunto era problema suyo. La señora Bodard le había contado a Vernon que de pequeña había ido a conciertos de AC/DC y Guns N’Roses con sus padres. Ahora prefería a Camille y Benjamin Biolay, y él se guardó mucho de hacer comentarios desagradables. Habían hablado largo y tendido de su caso: de los veinte a los cuarenta y cinco años había sido vendedor de discos. En su campo había menos ofertas de empleo que si hubiera trabajado en una mina de carbón. La señora Bodard le había sugerido que se reciclara. Centros de orientación profesional, de formación continua, habían consultado juntos los cursos a los que podía acceder y se despidieron con buenas palabras, quedando en volver a verse y retomar el tema. Tres años después no aceptaron su solicitud para sacarse el título de formación profesional administrativa. Por su parte, valoraba haber hecho lo que había tenido que hacer, se había convertido en experto en dossieres y los preparaba con gran eficacia. A la larga, le dio la sensación de que su trabajo consistía en navegar por internet en busca de ofertas que se ajustaran a su perfil y enviar un currículum que le permitiera recibir pruebas de que lo habían rechazado. ¿Quién iba a querer formar a un casi cincuentón? Le salió un contrato en prácticas en una sala de conciertos del extrarradio, y otro en una sala de cine independiente —pero, aparte de salir un poco, mantenerse al corriente de los problemas de los trenes de cercanías y conocer a gente, aquello le daba sobre todo la lamentable impresión de ser una pérdida de tiempo total.

En la copia del informe que la señora Bodard había escrito para justificar la retirada del subsidio, mencionaba cosas que Vernon había comentado charlando con ella, como que se había gastado algo de dinero para ir a ver a los Stooges a Le Mans o que había perdido cien euros jugando al póquer. Mientras leía el informe, más que preocuparse por el hecho de que le hubieran quitado el subsidio, lo que sintió fue mucha lástima por ella. La asistente debía de tener unos treinta años. ¿Cuánto ganaba —cuánto ganan estas tías—, dos mil brutos? Como mucho. Pero la gente de esa generación había crecido al ritmo del Súper de Gran Hermano: un mundo en el que en cualquier momento podía sonar el teléfono para darte la orden de echar a la calle a la mitad de tus colegas. Eliminar al prójimo es la regla de oro de los juegos que les metieron en el biberón. ¿Cómo pedirles hoy que les resulte macabro?

Al recibir la cancelación del subsidio, Vernon se dijo que quizá eso lo motivaría para buscar «algo». Como si el hecho de que su situación fuera aún más precaria pudiera influir positivamente en su capacidad de salir del callejón sin salida en el que se había quedado atascado…

Las cosas empeoraron rápidamente no solo para él. Hasta principios de los años 2000, un montón de gente se las arreglaba bastante bien. Todavía se veía a mensajeros que llegaban a ser label managers, a periodistas que se metían a dirigir la sección de televisión de un periódico, incluso los vagos acababan de jefes de una sección de discos del Fnac… A la cola del pelotón, los menos motivados para triunfar pillaban algún contrato temporal en época de festivales, un curro de roadie en alguna gira, pegar carteles por las calles… Y aunque Vernon estaba en el lugar idóneo para entender la importancia del tsunami Napster, jamás había imaginado que el barco se hundiría de golpe.

Algunos aseguraban que era el karma, la industria había ganado muchísimo con la operación CD —volver a vender a todos los clientes su discografía entera en un soporte más barato de fabricar y que costaba el doble en las tiendas… cosa que nunca compensó a ningún aficionado a la música, nunca se había visto a nadie quejarse del formato vinilo. El gran fallo, en toda esta teoría del karma, es que a estas alturas ya se sabría si la historia castiga realmente a los gilipollas de turno.

Su tienda se llamaba Revolver. Vernon había entrado como dependiente a los veinte años y se había quedado con el chiringuito cuando el jefe decidió marcharse a Australia, donde montó un restaurante. Si el primer año le hubieran dicho que iba a pasarse casi toda la vida en aquella tienda, seguramente habría contestado que ni de coña, tengo demasiadas cosas que hacer. Hasta que te haces viejo no entiendes que la expresión «joder, cómo pasa el tiempo» es la que mejor resume de qué va todo esto.

Tuvo que cerrar en 2006. Lo más complicado había sido encontrar a alguien para traspasar el local, renunciar a sus fantasías de que se hubiera revalorizado, pero su primer año de paro, sin indemnización, porque el jefe era él, fue bastante bien: un contrato para escribir unas diez entradas en una enciclopedia sobre el rock, varios días trabajando en negro en la taquilla de un festival de extrarradio, críticas de discos para la prensa especializada… y luego empezó a vender por internet todo lo que le había quedado en el almacén. Había liquidado casi todo el fondo, pero quedaban algunos vinilos, estuches y una importante colección de pósters y de camisetas que se negó a malvender con lo demás. En las subastas de eBay había sacado el triple de lo que esperaba, sin líos de facturas. Bastaba con ser serio, ir a correos durante la semana y ser cuidadoso con el empaquetado. El primer año estaba eufórico. La vida suele jugarse en dos manos: en el primer reparto, te amodorra haciéndote creer que controlas, y en el segundo, cuando te ve relajado e indefenso, te pasa por encima y te destroza.

Vernon apenas había tenido tiempo de volver a cogerle el gusto a levantarse tarde —durante más de veinte años, diluviara o tuviera gripe, había subido la puta persiana de hierro de su tienda, costara lo que costase, seis días por semana. En veinticinco años solo había dado las llaves de la tienda a un colega tres veces: una gripe intestinal, un implante dental y una ciática. Había tardado un año en volver a aprender a quedarse en la cama leyendo por la mañana, si le apetecía. Últimamente le flipaba escuchar la radio mientras buscaba porno en la red. Conocía con todo detalle las carreras de Sasha Grey, Bobbi Starr y Nina Roberts. También le gustaba echarse la siesta, leer una media hora y quedarse frito.

El segundo año se dedicó a recopilar imágenes para un libro sobre Johnny, se apuntó al subsidio, que acababa de cambiar su nombre por el de RSA, y empezó a vender su colección particular de objetos. Se las arreglaba bien con eBay, nunca habría imaginado que en el ciberespacio 2.0 se moviera tanta locura fetichista, todo se vendía: merchandising, cómics, figurillas de plástico, pósters, fanzines, libros de fotos, camisetas… Al principio, cuando empiezas a vender, te contienes, pero en cuanto tomas carrerilla, deshacerte de todo se convierte en un placer. Y progresivamente fue limpiando su casa de todo rastro de su vida anterior.

No olvidaba apreciar en su justo valor la tranquilidad de una mañana en la que nadie viene a tocarte las pelotas. Tenía todo el tiempo del mundo para escuchar música. Y los Kills, White Stripes y otros Strokes podían por fin sacar todos los discos que quisieran, ya no tenía que preocuparse de ellos. No podía más con tantas novedades, no acababan nunca, para seguirlas habría tenido que meterse la red por vía intravenosa e ingerir nuevos sonidos sin descanso.

Por otra parte, no había previsto que al cerrar la tienda tendría que buscarse la vida con las chicas. Siempre se ha dicho que el rock es cosa de hombres, pero se dicen muchas gilipolleces. Tenía sus clientas, que se renovaban. Se entendía muy bien con las chicas. No era fiel, y cuanto más pasaba de ellas, más se colgaban de él. Bastaba con que una pasara una vez con su novio a buscar un disco, y antes de ocho días volvía sola. Y estaban también las que trabajaban en el barrio. Las esteticistas del final de la calle, las chicas de la tienda de enfrente, las chicas de correos, las chicas del restaurante, las chicas del bar, las chicas de la piscina. Un prodigioso vivero cuyo acceso le fue denegado en cuanto entregó las llaves de la tienda.

Había tenido pocas novias estables en la vida. Como muchos colegas suyos, Vernon vivía con el recuerdo de la chica que se marchó. La que importó. La suya se llamaba Séverine. Él tenía veintiocho años. Demasiado apegado a su reputación de serial lover, no quiso entender a tiempo que se trataba de ella y no de otra. Vernon era un bala perdida, salvaje e independiente, todos sus amigos alucinaban con la elegante desenvoltura con la que encadenaba sus historias. Esa era, al menos, la idea que tenía de sí mismo. El rollo de una noche, el seductor, el que no se ata, el que no se deja engatusar por las chicas. No se hacía ilusiones al respecto: como a tantos chicos inseguros, le tranquilizaba comprobar que era capaz de hacer llorar a las mujeres.

Séverine era alta y espitosa, tan espitosa que llegaba a agobiar, tenía unas piernas interminables y pintas de parisina rica, de esas que pueden llevar un chaleco de piel de oveja y les da un aire chic. Agarraba las cosas con fuerza, sabía hacer de todo en casa y ni siquiera le asustaba cambiar una rueda en el arcén de la autopista, era una de esas niñas ricas acostumbradas a buscarse la vida solas y a no quejarse. Pero eso no le impedía saber relajarse en la intimidad. Cuando Vernon piensa en ella, la ve desnuda, en la cama, le encantaba pasarse fines de semana enteros en la cama. Había colocado los platos en el suelo, al lado del colchón, y así no tenía que levantarse para cambiar el disco. Alrededor de la cama amontonaba cigarrillos la botella de agua el teléfono con el cable en espiral siempre enredado. Era su reino. Durante unos meses, le permitió entrar.

Era de ese tipo de chicas a las que su madre ha enseñado a no deshacerse en lágrimas cuando se enteran de que les han puesto los cuernos. Séverine apretaba los dientes. Vernon se dejó pillar como un idiota —y le sorprendió que no lo dejara inmediatamente. Le dijo «me voy» y lo perdonó. Él dedujo que no soportaría perderlo y sintió cierto desprecio por su debilidad de carácter. Así pues, podía repetirlo. Ya se habían enganchado tres o cuatro veces y ella le decía cuidado no te pases, me voy a largar no me das otra opción, pero Vernon estaba convencido de que no lo haría. No lo vio venir. Cuando se enteró de que estaba con otro, Vernon metió sus cosas en una caja y las dejó en la calle. La imagen de transeúntes rebuscando entre su ropa, sus libros y sus frascos, esparcidos delante de su portal, le perseguiría durante años. No había vuelto a saber de ella. Vernon necesitó mucho tiempo para entender que no lo superaría. Tenía un gran talento para pasar por alto sus emociones. A menudo piensa en lo que sería su vida si se hubiera quedado con Séverine. Si hubiera tenido el valor de renunciar a lo que era antes, si hubiera sabido que en cualquier caso siempre se nos quita lo que más queremos, y que es preferible anticipar el tratamiento. Seguro que ha tenido hijos. Era de ese tipo de chicas. Que sientan la cabeza. Sin perder un ápice de su encanto. No un ama de casa. Una tía algo superficial, debe de comer cosas ecológicas y mostrarse vehemente ante el calentamiento climático, pero está convencido de que sigue escuchando a Tricky y a Janis Joplin. Si hubiera seguido con ella, habría encontrado curro justo después de cerrar la tienda, porque tendrían críos y no habría tenido otra opción. Y hoy en día se preguntarían qué hacer con el mayor, que fuma porros, o con la anorexia de la pequeña. Bueno. Le gusta pensar que limitó los estragos.

Ahora Vernon folla menos que un casado. Nunca habría imaginado que era posible aguantar tanto tiempo sin sexo. Facebook y Meetic son herramientas estupendas para ligar desde casa, pero a menos que ligues en Second Live, hay que decidirse a salir para ver a la chica. Buscar ropa que te haga parecer vintage y no un viejo vagabundo, arreglártelas para no tener que entrar en una cafetería, ni en un cine, y menos aún cenar en algún sitio… y no llevártela a casa, para que no vea los armarios de cocina vacíos, el frigorífico desolado y el enfermizo desorden —nada que ver con el simpático caos del soltero empedernido. En su casa reina un olor a calcetines demasiado usados, el típico perfume de tío viejo. Ya puede abrir las ventanas y echarse colonia. Ese olor marca su territorio. Entre una cosa y otra, liga con chicas en internet y cuando queda con ellas las deja plantadas.

Vernon conoce a las mujeres, tiene mucha experiencia. La ciudad está llena de tías desesperadas dispuestas a hacerle la limpieza y a ponerse a cuatro patas para prodigarle largas felaciones, que supuestamente le subirían la moral. Pero ya no tiene edad para imaginar que todo eso llega sin su paquete de exigencias a cambio. No por ser una tía vieja y fea se es menos coñazo y menos exigente que un pibón de veinte años. Lo que caracteriza a las mujeres es que pueden mantener un perfil bajo durante meses antes de mostrar de qué palo van. Vernon desconfía del tipo de tías a las que podría atraer.

Los colegas son otra cosa. Escuchar discos juntos durante años, ir a conciertos y hablar de grupos son vínculos sagrados. No dejas de verlos solo porque haya que cambiar de local. Pero lo que había cambiado era que ahora tenían que llamarse para quedar, mientras que hasta entonces empujaban su puerta cuando pasaban por la zona. No estaba acostumbrado a planificar cenas, sesiones de cine o aperitivos fumetas… Progresivamente, sin que se diera apenas cuenta, muchos colegas se largaron de la capital, o porque tenían mujer e hijos y ya no podían vivir en treinta metros cuadrados, o porque París era demasiado cara y les pareció prudente volver a su ciudad de origen. Pasados los cuarenta, París solo soportaba en su seno a los hijos de propietarios, el resto de la población seguía su camino en otro sitio. Vernon se quedó. Quizá fue un error.

No fue consciente de aquella desintegración hasta mucho después, cuando la soledad lo había emparedado vivo. Luego llegó la serie negra.

Empezó con Bertrand. Recaída del cáncer. Le volvió por la garganta. Ya las había pasado putas con el primero. Creía que se había librado de él. Al menos sus amigos celebraron su curación como una victoria definitiva. Pero fue todo tan rápido que los pilló desprevenidos, no se dieron cuenta hasta después del entierro. En los tres meses que pasaron desde que le dieron el diagnóstico y su marcha definitiva, la enfermedad lo devoró. Bertrand llevaba camisas negras con el cuello subido. Las llevaba así desde 1988. La cerveza le había hinchado tanto la barriga que le costaba abotonárselas. A los cuarenta y tantos, tenía el pelo largo y blanco, llevaba unas Ray-Ban ahumadas sobre la nariz, bonitas botas de serpiente, y tenía careto de golfo. Siempre con rojeces en la piel, pero se conservaba bien, el grandullón.

Fue un shock acostumbrarse a verlo con pijama de viejo. Que perdiera el pelo, pase. Pero a Vernon aquel pijama ridículo le encogía el corazón. Bertrand no conseguía alimentarse, y la mejor hierba del mundo no servía para nada. Había perdido su estatura, lo más característico de él. Los huesos, demasiado expresivos bajo la piel amarillenta, resultaban obscenos. Se empeñaba en seguir llevando sus anillos de calaveras, aunque se le resbalaban de los dedos. Se veía morir día tras día y era consciente de todo.

Luego llegó el dolor continuo, el cuerpo sin fuerza y la cara de esqueleto. No dejaban de bromear sobre la bomba de morfina porque las pullas eran su única manera de comunicarse. A veces Bertrand hablaba de la muerte, que lo esperaba. Decía que por la noche se despertaba asustado, y decía «lo peor es que me entero de todo, que siento que mi cuerpo se va a la mierda, y no puedo hacer nada». Vernon no podía contestarle «venga, todo se arreglará, aguanta, tío». Entonces escuchaban a los Cramps, a Gun Club y a MC5 bebiendo cerveza, mientras Bertrand todavía la aguantaba. La familia se ponía furiosa, pero, sinceramente, ¿qué otra cosa le quedaba?

Y la noticia de su muerte, una mañana, mensaje al móvil. Vernon, como los demás, se limitó a mantener la dignidad en el entierro. Gafas oscuras. Todos tenían gafas oscuras en casa, y un bonito traje negro. El horror se apoderó de él después. El horror, y la ausencia. El gesto reflejo de querer llamarlo, la imposibilidad de borrar sus últimos mensajes de voz, la imposibilidad de creer que había sucedido. A partir de cierta edad ya no nos separamos de los muertos, nos quedamos en su tiempo, con ellos. El día del aniversario de la muerte de Joe Strummer, Vernon hizo lo que hacía cuando Bertrand aún estaba con él: escuchó todos los discos de los Clash bebiendo cerveza. Era un grupo que nunca le había interesado. Pero es lo que tiene la amistad: aprendemos a jugar en el terreno de juego de los otros.

Un día de diciembre de 2002 estaban haciendo cola juntos para comprar salmón, porque Bertrand iba a cenar en Nochevieja con una noruega a la que quería impresionar con su sofisticación culinaria. Estaba convencido de que el salmón ahumado había que comprarlo en aquella tienda del distrito V y no en otra parte. Tras un trayecto en metro bastante largo, esperaban su turno. La cola se extendía por toda la acera, tendrían fácilmente para cuarenta minutos. Vernon fue a comprar tabaco, y en la radio del bar oyó que Strummer había muerto. Volvió con Bertrand. ¡No, estás de coña! ¿Crees que haría coña con algo así? Betrand se quedó pálido, pero aun así compró sus provisiones de salmón y dos botellas de vodka. Se bebieron la segunda escuchando Lost in the Supermarket una y otra vez, recordando la vez en que habían visto juntos a Strummer en solitario. Vernon había ido solo por acompañar a Bertrand, pero, una vez allí, una emoción inesperada le hizo tambalearse, pegó el hombro al de su colega y se le llenaron los ojos de lágrimas. Nunca había dicho nada, pero el día en que murió Joe Strummer se lo contó, y Bertrand le dijo sí ya lo sé lo vi pero no tenía ganas de joderte con eso. Mierda, Strummer. ¿Ha habido algo mejor después de él?

 

 

Tres meses después le tocó el turno a Jean-No. Ni mamado, ni por exceso de velocidad. Una nacional, un camión, una curva y niebla. Volviendo de un fin de semana con su mujer, quiso cambiar de emisora. Ella se salvó, aunque se destrozó la nariz. La que le reconstruyeron era mucho mejor que la original. Jean-No no pudo disfrutarla.

Aquel domingo, Vernon estaba en casa de una amiga, tumbado en un colchón doblado por la mitad contra una pared y cubierto con una tela india tan agujereada por los porros que parecían formar parte del estampado. Estaban haciendo una sesión de Alien, el estuche entero, en el proyector de vídeo. La chavala vivía cerca del metro Goncourt, en una habitación abuhardillada. Cerca de su casa había uno de los últimos videoclubs que alquilaban DVD. Ya habían visto Un mañana mejor, Mad Max, El padrino y Una historia china de fantasmas. Era una joya, la chica, colgada de los porros y los mangas. No de esas que quieren salir a todas horas. Lo único que le tocaba las pelotas era por favor gatito baja al colmado a comprarme caramelos. Cinco pisos, a pie. Vernon no estaba dispuesto a ser un gatito servicial. Ella acababa de traer vasos de Coca-Cola con mucho hielo en una bandeja inmensa, la película estaba en pausa y Vernon contestó cuando sonó su teléfono, cosa que raramente hacía los domingos. Pero hacía mucho que Emilie no lo llamaba, supuso que era importante. Acababa de enterarse de la noticia por la hermana pequeña de Jean-No. A Vernon le sorprendió que fuera ella la encargada de avisar a los colegas. Al fin y al cabo, Jean-No tenía mujer. En el hospital, en el momento, vale, pero de ahí a que la amante hiciera circular la información… Había conocido muy bien a Emilie, luego se perdieron de vista, pero la ocasión no era la mejor para ponerse al día.

Vernon insistió en que siguieran viendo la película. Se dijo que no le afectaba tanto. Eso le sorprendió. Pensó que se había endurecido. Sin embargo, veía a Jean-No todas las semanas, y después de la muerte de Bertrand se acercaron más. Comían juntos en el turco de al lado de la gare du Nord y pedían siempre el mismo menú de doce euros, regado con cerveza helada. Jean-No había dejado de fumar, las pasó putas. Si hubiera sabido que era para nada, el pobre, habría puesto el despertador por la noche para fumar más. Jean-No se había casado con una plasta. A muchos tíos les da seguridad que los sometan a un estricto control.

No le afectó hasta después, por la noche. En el momento en que empezaba a quedarse dormido, le traspasó un pinchazo helado. Tuvo que vestirse y salir de casa —pasear entre el frío, estar solo, ver luces atravesando los cuerpos, fundirse en el movimiento y sentir el suelo bajo los pies. Estaba vivo. Le costaba respirar.

Por las noches solía salir a pasear solo. Había cogido la costumbre a finales de los años ochenta, cuando los rockeros se pusieron a escuchar hip hop. Public Enemy y los Beastie Boys estaban en el mismo sello que Slayer, lo cual estableció un puente. En la tienda se había hecho colega de un fan de Funkadelic, un blanco bajito, taciturno y agresivo, ahora que lo piensa seguro que estaba enganchado a la heroína, pero en aquella época no se dio cuenta. El tío hacía tags, firmaba «Zona» por todas partes. Su buena relación no duró mucho, Zona estaba harto de pintar en la calle, «lo auténtico son los metros», quería joder los vagones, hacer destrozos, y a Vernon no le apetecía acompañarlo. No se había contagiado: apenas le interesaban los relatos heroicos de 93MC y de los MKC, el estilo salvaje y el throw up redondeado… Entendía que tenía su gracia, pero no le enganchaba. A ese tío le iba lo de arriesgarse a partirse las cervicales para trepar al tejado de un edificio y pasarse dos horas en el silencio del aerógrafo, hacer sus pausas para fumarse algún cigarro y mirar pasar a la gente, a la que no se le ocurría levantar la vista y descubrir su silueta de centinela silencioso.

La primera noche de su vida sin Jean-No caminó hasta que le ardieron las plantas de los pies, y luego siguió caminando. Pensaba en los hijos de Jean-No y algo no encajaba. Huérfanos de padre. La palabra no cuadraba con lo que sabía de aquellos tres retrasaditos que no dejaban de exigir atención, pasteles o juguetes nuevos.

Jean-No solía comportarse como un auténtico gilipollas. Era arrogante. Siempre había escuchado música rara, de adolescente le gustaban Einstürzende Neubauten y Foetus, luego se metió en el hard tocapelotas, era fan de Rudimentary Peni y le encantaba Minor Threat, y bebía como una esponja. Solía ser tan mordaz que había que tenerle mucho aprecio para quedar con él. A los cuarenta, Jean-No quiso aburguesarse y se pasó a la ópera. Se vestía como un Playmobil endomingado y soltaba chorradas de facha diez años antes de que se pusiera de moda. En aquella época era tan atípico que le daba cierto caché.

Vernon vivía ahora en un mundo en el que Ian MacKaye podría darle al crack, Jean-No ya no estaría allí para decir nada.

Luego le tocó a Pedro. Apenas ocho meses después. Paro cardíaco. Pedro se llamaba Pierre, pero se metía tanta cocaína que se ganó que lo llamaran por su nombre sudamericano.

Vernon estaba esperando delante del Elysée Montmartre, que todavía no se había quemado y donde tocaban los Libertines. Intentaba ligarse a una improbable ayudante en prácticas que curraba en un programa de Ardisson, no dejaba de hablar del presentador, al que decía odiar pero que la fascinaba. Vernon vio a un colega de lejos, delante de la puerta, y lo llamó, contento de enseñarle a la chica con la que estaba, una morena con flequillo vaqueros cigarrillo tacones de aguja, como las que la capital producía en serie a principios del milenio. Y al verlo acercarse, el colega se echó a llorar. Decía Pedro Pedro Pedro, incapaz de explicarse, y un inmenso agobio invadió a Vernon.

Pedro fácilmente se habría metido por la nariz tres casas, dos Ferraris, todas sus historias de amor, sus amistades, toda veleidad de hacer carrera, su look y todos los dientes. No lo hacía avergonzado, fingiendo que no tenía ningún problema, no, lo suyo era vanagloriarse de ello, mostrar una histeria feliz, una pasión totalmente asumida. Se frotaba las encías, se metía encima del abrigo, conocía todos los cagaderos de todos los bares de París, y los seleccionaba exclusivamente en función de la viabilidad de los baños. Llegaba a casa y dejaba rastros de cocaína por todas partes, y se marchaba dos días después dejando a Vernon para el arrastre. A Pedro le gustaban Marvin Gaye, Bohannon, Diana Ross y los Temptations. A Vernon le gustaba ir a su casa, el sonido era excepcional, los sofás eran cómodos y compraba whiskys que te hacían viajar —uno se creía a veces un gángster, un detective privado o un dandy inglés.

Vernon encontró una foto en la que aparecían los cuatro. Los tres muertos y él. Posaban a su alrededor el día que cumplió treinta y cinco años. Una bonita foto, de esas que se toman con una cámara analógica y se hacen copias para los amigos. Cuatro chicos confundidos pero delgados, con todo su pelo, los ojos vivos y la sonrisa sin amargura. Levantaban el vaso, aquella noche Vernon estaba deprimido, cumplir treinta y cinco años le destrozaba la moral. Cuatro tíos guapos, felices de ser unos cretinos que no se enteraban de nada, y que sobre todo no sabían hasta qué punto estaban en la parte buena de lo que les deparaba la vida. Escucharon a Smokey Robinson gran parte de la noche.

Después del entierro de Pedro, Vernon dejó de salir y de devolver las llamadas que le hacían. Creía que era una fase, que se le pasaría. No le parecía fuera de lugar tener la necesidad de encerrarse en sí mismo tras una serie de fallecimientos tan seguidos.

En esa época empezaron las auténticas penurias de pasta, lo que exacerbó su tendencia a aislarse. Ir a cenar a casa de alguien sin poder llevar una botella le disuadía de aceptar invitaciones. Angustiarse por las noches si alguien quería hacer una colecta para comprar un gramo. Angustiarse por no poder colarse en el metro. Angustiarse por llevar zapatillas deportivas con la suela despegada. Angustiarse por detalles a los que nunca había prestado atención y darles vueltas hasta obsesionarse.

Se quedaba en casa. Bendecía su época. Se bajaba música, series y películas. Poco a poco dejó de escuchar la radio. Desde que tenía veinte años, su primer acto reflejo de la mañana siempre había sido encenderla. Pero ahora lo angustiaba sin interesarle. Había perdido la costumbre de escuchar los informativos. En cuanto a la tele, sucedió por sí solo. Tenía demasiado que hacer en internet. Todavía echaba un vistazo a los titulares, pero entraba sobre todo en páginas porno. Ya no quería oír hablar de la crisis, del islam, del cambio climático, del gas de esquisto, de los orangutanes maltratados ni de los gitanos, a los que quieren impedir que suban a los autobuses.

Su burbuja es confortable. Sobrevive en modo apnea. Reduce toda acción al mínimo. Come menos. Empezó aligerando la cena. Una sopa deshidratada de fideos chinos. Ya no compra carne, las proteínas son para los deportistas. Come básicamente arroz. Lo compra por sacos de cinco kilos en Tang Frères. Reduce los cigarrillos: aplaza el primero, espera para el segundo, y después del café de la mañana se pregunta si de verdad le apetece el tercero. Aparta las colillas, que no se pierda nada. Sabe dónde hay oficinas cerca de casa en las que la gente sale a la puerta a fumarse un cigarrillo durante la jornada laboral, y a veces pasa por allí, aminora el paso y recoge las colillas más largas. Se siente como un fuego apagado cuyas brasas se avivan de vez en cuando con un golpe de viento, pero nunca lo bastante como para hacer arder la leña pequeña. Una chimenea agonizante.

A veces le da el speed. Se mete en LinkedIn, hace listas de conocidos que parece que aún tienen trabajo y se promete contactar con ellos. Imagina la historia que les contará, empezará con un rollo de tías. Su talante calentorro coloca a los tíos en un estado propicio para charlas distendidas. Así que dirá: no estaba en París, estaba tirándome a una húngara que me llevó a Budapest, o a una guapa estadounidense que se pasaba la vida viajando, la nacionalidad es lo de menos siempre que dé la impresión de que se lo ha pasado en grande, y resulta que estoy por aquí y busco curro, lo que sea, por casualidad no tendrás algo para mí. Se las daría de trotamundos, un tío tranquilo, para nada estresado. De pasta no puede contar cuentos, es evidente que no le queda un céntimo. De todas formas, nunca ha estado forrado. En sus tiempos eso añadía credibilidad. Era antes de los años 2000, antes de que entre el público de los conciertos, aunque no lo pareciera, todo el mundo llevara zapatos nuevos y caros, de buena marca, un buen reloj en la muñeca, el de la temporada, el vaquero que les sentaba bien y cuyo corte atestiguaba que lo habían comprado ese mismo año. Desde Zadig & Voltaire, la pobreza ha perdido su aura poética —cuando durante décadas había servido para validar al auténtico artista, el que prefería no vender su alma. Hoy en día es muerte a los vencidos, incluso en el rock.

Pero nunca hace una llamada para pedir ayuda. Sería incapaz de definir qué se lo impide. Ha tenido tiempo para reflexionar al respecto. El enigma sigue intacto. Ha consultado en internet los consejos que dan a los procrastinadores patológicos. Ha hecho listas de lo que podría perder, de lo que arriesgaba, al lado de la lista de lo que podría ganar. Da igual. No llama a nadie.

 

 

Alexandre Bleach ha muerto. Vernon ve su nombre repetirse en Facebook, pero tarda un poco en entenderlo. Lo han encontrado muerto en la habitación de un hotel.

¿Quién pagará ahora sus alquileres atrasados? Es lo primero que se pregunta. Los mails y mensajes que le envió estas últimas semanas han quedado sin respuesta. Sus peticiones de ayuda. Estaba acostumbrado a que Alex estuviera siempre al pie del cañón. Vernon contaba con él. Como cada vez que la situación era crítica. Alexandre siempre acababa echándole un cable.

Vernon está sentado delante del ordenador —sensaciones contradictorias o extrañas entre sí se mezclan en su pecho, como gatos lanzados dentro del mismo saco por una mano ágil y despiadada. En internet se extiende como la lepra. Hacía mucho tiempo que Alexandre era de dominio público. Vernon creía haberse acostumbrado. Era imposible no enterarse de cuándo sacaba un disco o empezaba una gira. No pasaba una hora sin verlo en algún sitio exhibiéndose, meneándose de aquí para allá, soltando estupideces con su hermosa voz grave de crooner yonqui. A Alexandre le llegó el éxito como si le hubiera pasado por encima un camión. No daba la impresión de haber salido indemne. Su problema no había sido creerse el mejor, sino su violenta desesperación, que agobiaba a los que lo rodeaban. No es fácil ver a alguien consiguiendo lo que todo el mundo desea, y encima tener que consolarlo.

Todavía no hay fotos del fiambre en la habitación del hotel. Ya llegarán. Alex ha muerto ahogado. En una bañera. Una coproducción de champán y pastillas, se quedó dormido. Vete a saber qué cojones hacía en una bañera, solo, en un hotel, en plena tarde. De todas formas, vete a saber por qué era tan desesperadamente infeliz. Alex la habrá cagado hasta para morirse. El hotel es demasiado mediocre para hacer soñar, pero no lo bastante desastroso para que resulte exótico. Era frecuente que cogiera una habitación de hotel en la ciudad para unos días, bastaba con que creyera ver a un fotógrafo enfrente de su casa para que se fuera a dormir a otro sitio. A Alex le gustaba vivir en hoteles. Tenía cuarenta y seis años. ¿Quién espera al umbral de la andropausia para morir por sobredosis? Michael Jackson, Whitney Houston… cosa de negros, quizá.

A Bleach le gustaba ver a sus viejos amigos. Era como si le entraran ganas de mear, aunque le sucedía cada cierto tiempo. No daba señales de vida en un año, incluso dos, y luego empezaba a llamar como un loco, o a bombardear a mails, hasta era capaz de presentarse de improviso en casa de uno u otro. Era imposible tomarse una copa con él en un bar. A los cinco minutos llegaba un fan e interrumpía la conversación, y los fans pueden ser agresivos. O estar totalmente chalados. Por regla general, el fan que se mete en una conversación es un pesado. Cuando a Alexandre le apetecía ver a Vernon, le pegaba una llamada y se invitaba a su casa. Se bebían una cerveza y fingían que nada había cambiado. Menudo chiste. Alexandre ganaba con una canción lo que un tío como Vernon había facturado en la tienda en más de veinte años. ¿Cómo no iba a influir este pequeño detalle en su relación?

Alex había hecho muchos amigos en su entorno VIP. Pero estaba convencido de que su «verdadera vida» se había acabado con el éxito. Vernon había intentado demostrarle muchas veces que era una ilusión de la mente: hacia los treinta años, las cosas empiezan a perder brillo, tanto si eres pobre como si eres una megaestrella, no tiene arreglo para nadie. La diferencia es que para los que no se suben al carro del éxito no hay compensación. Si das la vuelta al mundo en primera clase, te follas a las chicas más guapas, te codeas con camellos cool y te gastas tu dinero en varias Harley Davidson, no es porque la juventud se aleje. Pero Alex no quería entenderlo. Y sí, parecía sentirse tan mal que era difícil convencerlo de que tenía suerte.

La primera vez que Alexandre entró en la tienda aún era un crío. Sus grandes ojos, ribeteados de largas y curvadas pestañas, le daban una expresión infantil. Llegaba con una botella de cerveza, se sentaba en el taburete y pedía que le pusiera discos. Para Alex, Vernon era la persona a través de la cual le llegó la magia: la que le hizo escuchar por primera vez el doble directo de Stiff Little Fingers, a los Redskins, el primer EP de los Bad Brains, la Peel Session de Sham 69 y el Fight or Die de Code of Honor. Alex aún era menor de edad, tenía las mejillas regordetas y no jugaba a hacerse el duro. Sin duda su sonrisa tuvo mucho que ver en su fulgurante ascenso —una sonrisa que causaba el mismo efecto que ver gatitos en YouTube. Habría que tener la coraza de un psycho killer para no sentir nada. Picoteaba de un grupo y de otro, como todo el mundo. Como tantas veces, la gloria llegó donde nadie la esperaba. En la escena de aquella época había héroes, personas por las que todos habrían apostado. Y todas ellas desaparecieron más o menos de la faz de la tierra. La pasión de Alex por la droga se manifestó tardíamente, y se lo llevó todo por delante. Pero el chico siempre había avanzado con un puñal invisible clavado en el pecho. Por más que bromeara a la menor excusa, algo se había roto en su mirada, una grieta que nada impediría que se hiciera más profunda.

Una pregunta de un pragmatismo rastrero taladra a Vernon: ¿quién pagará su alquiler? Empezó poco después de la muerte de Jean-No. Se cruzaron por casualidad cerca de la parada de metro de Bonsergent. Alexandre se lanzó a sus brazos. Hacía mucho que no se veían, desde el concierto de Tricky en el Elysée Montmartre. Pasada la incomodidad de los primeros minutos, teñida por el resentimiento del paripé que tenían que hacer, el de viejos amigos que tienen un montón de cosas que contarse, como si el interés de las historias de ventas en eBay de Vernon pudiera compararse con las historias de noches colocándose en un yate con Iggy Pop, salir con Alexandre siempre acababa siendo bastante guay.

Aquel día Alex estaba supercolocado. Mostraba el confuso entusiasmo y la precipitada fluidez del tipo que hace tiempo que no vuelve a casa y que debería empezar a planteárselo. La nieve cubría las aceras y había que sujetarlo por el codo para impedir que se cayera. Entusiasta, como siempre, insistió en que Vernon subiera con él a casa de su camello, que vivía a dos pasos. Un tipo sumiso, con cara de ser el primero de la clase, que componía música con GarageBand. Fumaba una hierba holandesa tan fuerte que al segundo te dolía la cabeza. Quería a toda costa que escucharan sus «nuevos sonidos». Soportaron una serie de pistas de sintetizador metidas sobre ritmos cuando menos precarios. Alex estaba ya colocado, escuchaba aquella mierda con el mayor interés y explicaba al camello que él trabajaba con los hercios, las ondulaciones por segundo del sonido, que disponiéndolas de determinada manera se podía modificar el cerebro. Se quedó pillado en esa historia de la sincronización de las ondas cerebrales, y el camello no perdía detalle de lo que decía. Todos sabían la verdad: hacía años que Alex no era capaz de componer ni un solo tema. Como no podía encadenar tres acordes ni escribir un estribillo coherente, se conformaba con las «alpha waves».

Había anochecido cuando se encontraron de nuevo en la acera. Circulaban pocos coches, y las calles se veían raras, vacías y en silencio. Vernon se burló del careto de una actriz vestida de negro en un cartel de cuatro por tres metros, sacando el culo encima de una moto. Dijo algo desagradable, como «esta parece tan sosa que prefiero tirarme a una tía de plástico», y Alexandre se rió de mala gana. Estaba claro que la conocía. Vernon se preguntó si se la habría tirado. Alex gustaba a las tías, no tuvo necesidad de vender discos para eso. Muchos de sus amigos eran VIP, gente que sabemos cómo se llama y qué cara tiene, pero con la que nunca hemos coincidido. Guardaba sus números en el móvil con nombres codificados, por si acaso se lo robaban o lo perdía. Estaba emparanoiado con la idea de que su lista de contactos cayera en manos de cualquiera. Muchas veces, cuando le sonaba el teléfono, miraba la pantalla perplejo, incapaz de recordar a quién correspondía el nombre que veía aparecer. «SB», por ejemplo, lo dejaba pensativo: ¿será Sandrine Bonnaire, Stomy Bugsy, Samuel Benchetrit, o un nombre codificado de forma aún más compleja, como Súper Borde o Sodomita Basura? Imposible recordarlo hasta que escucha el mensaje y lo recuerda: «SB» de «servicio-baños», porque fue en el cuarto de baño donde charló durante horas con Julien Doré. En aquel momento debió de parecerle clarísimo. Como tantas cosas oscuras que se hacen después de las tres de la madrugada.

Vernon le preguntó «¿y te acuerdas de Jean-No?». Claro que se acordaba. A principios de los noventa habían tocado juntos durante poco tiempo en los Nazi Whores. Hacía más de diez años que no se veían. Jean-No odiaba a Alex y todo lo que representaba: el rock con mensaje, la militancia pijipi y por encima de todo el éxito fulminante, que no podía atribuirse a sus contactos y que ponía enfermo a Jean-No. Habían hecho cosas juntos y habían trabajado en los mismos ambientes. Uno se había llevado la palma, y el otro ni siquiera había despegado. La comparación le resultaba insoportable —burlarse de Alex era una actividad que ocupaba buena parte del tiempo de Jean-No. «¿Sabes que ha muerto?», y Alex se quedó pálido, muy afectado. Vernon se sintió incómodo ante tanta emoción no fingida, pero no tuvo valor para añadir «no pongas esa cara, sinceramente, no te soportaba». Alex insistió en acompañarlo a su casa en taxi, y luego en subir. No tardaron en estar en la misma onda —dos hámsters frenéticos pedaleando para hacer avanzar la misma rueda. Acurrucado en el sofá, Alex se sentía como en un huevo. Le encantaba que el piso de Vernon fuera pequeño, se enroscaba y se sentía protegido. Escucharon a los Dogs, cosa que ni el uno ni el otro habían hecho desde hacía veinte años. Alex se quedó tres días. Estaba obsesionado con lo que él llamaba su «investigación» sobre los pulsos binaurales y le obligó a escuchar varios tipos de ondas que se suponía que tenían un profundo impacto sobre el inconsciente, pero que, como demostraban los hechos, no conseguían causar siquiera una migraña. Alex llegó con cinco gramos. Se los metieron sin prisas, como veteranos. Vernon daba cabezazos cada dos por tres —la coca lo relajaba y le ayudaba a dormir—, y a Alex se le metió en la cabeza entrevistarse a sí mismo en casa de Vernon, sentado en el sofá. Llevaba encima una vieja cámara, apiló tres pequeñas cintas de vídeo de una hora al lado de la pantalla de la tele, y cuando Vernon volvió en sí le montó un numerito increíble: «es mi testamento, tío, ¿lo entiendes? Te lo dejo a ti. Para que veas la confianza que te tengo». Ya se le había ido un poco la olla. Luego volvió a sus historias de ondas delta y gamma, el proceso creativo y la idea de hacer música que fuera como una droga, que modificara los circuitos neuronales. Vernon estaba desesperado, Alex le ponía sonidos de mierda y lo obligaba a escucharlos con cascos.

Vernon bajó a comprar Coca-Cola, tabaco, patatas fritas y whisky con la tarjeta de crédito de su amigo cantante. «Pero si en tu casa no hay absolutamente nada de comer, ¿de qué vives ahora? ¿Quieres que te deje algo de pasta?» Vernon debía dos meses de alquiler, peleaba duro para no acumular tres, según la leyenda urbana hasta los tres meses no corres el riesgo de que te echen. Así empezó todo. Alexandre le transfirió el equivalente a tres meses de alquiler a su cuenta —te lo juro, de los dos, el que más se alegra soy yo. Y al marcharse, Alex insistió: «llámame si necesitas pasta, yo tengo, ya sabes… ¿Me prometes que lo harás?».

Y Vernon lo hizo. Al principio pensó en arreglárselas de otra manera, pero al cuarto mes de retraso lo hizo. Alex le prestó dinero. De inmediato. Y unos meses después Vernon volvió a llamarlo. Se sentía incómodo, pero era como volver a la infancia. Cuando sus padres aún estaban en este mundo y podía contar con ellos, in extremis, para salir de un mal paso. En aquel sistema de préstamo amistoso había una parte de infancia protegida. Y Alex la reflotó. Anotó el número de cuenta de Vernon en su lista de transferencias —y en tres clics le solucionaba el problema. Vernon refunfuñaba, posponía el momento de hacerlo. Se debatía entre la culpabilidad y la agresividad, la gratitud y el alivio. Para Alexandre, el dinero había pasado a ser algo muy fácil, y para los demás muy difícil. Vernon enviaba un cheque al casero, y luego reunía una pequeña provisión de tabaco y de comida, y guardaba celosamente en una caja lo necesario para comprarse su cerveza diaria. Así sobrevivía.

 

 

Llaman al timbre. Vernon no contesta. Debe de ser el cartero, que le trae un certificado. No los firma. Ya no se ocupa de ningún documento administrativo. Sucedió poco a poco, se quedó paralizado mentalmente —cada vez hay más tareas relativamente sencillas de realizar que no consigue solventar. Baja el volumen de la música y espera. Insisten. Ahora llaman a la puerta. Vernon está sentado en la cama, con las manos cruzadas sobre las rodillas, está acostumbrado —espera a que se marchen. Pero un ruido raro en la cerradura le alerta de que la están forzando desde fuera para abrir. Entiende inmediatamente lo que pasa. Sin decir una palabra, se pone a toda prisa los vaqueros y un jersey limpio. Está atándose los cordones de un viejo par de Doc bajas cuando se abre la puerta. Está nervioso, como en un subidón de speed malo. Cuatro hombres entran y lo miran de arriba abajo. El que encabeza el grupo toma la palabra, «señor, podría habernos abierto». Vernon lo mira fijamente, lo evalúa. Lleva un elegante fular azul marino anudado al cuello y gafas de montura roja. El traje gris le queda corto. Lee en tono neutro, en una tablet: blablablá con domicilio en blablablá es usted el señor y blablablá el inquilino de…

Diez años pagando el puto alquiler. Diez años. Más de noventa mil euros. Directos al bolsillo de un imbécil, que cobra sin pegar palo al agua. El propietario debe de ser uno de esos herederos que lloriquean que pagan demasiados impuestos. En diez años no ha hecho nada —hay que perseguirlo para que arregle el calentador. Noventa mil. Ni una hora de trabajo, ni pasarse por allí, ni un euro de inversión. Y lo echan a la calle.

La mirada de Vernon se clava en el pantalón del alguacil, que le aprieta los muslos. Espera que el pequeño grupo tome nota de sus bienes y se marche, y así tendrá algo de tiempo para intentar solucionarlo. Si el banco no le hubiera cancelado la autorización hace años, les haría un cheque para retrasar el procedimiento. A fin de cuentas, todo aquello debería poder arreglarse —el que identifica como el cerrajero parece realmente simpático. Su gran mostacho gris, a la antigua usanza, le da un aire de sindicalista. Vernon espera que no haya destrozado la cerradura al forzarla, no dispone de medios para cambiarla. Y en cualquier momento puede necesitar salir de casa cinco minutos. Ya no le queda nada que pudieran robarle —ni siquiera un kosovar en desbandada se tomaría la molestia de cargar con su ordenador. El cacharro y la torre pesan una tonelada, se ve que son muy antiguos. El alguacil le recomienda que coja las cosas que vaya a necesitar en los próximos días y se marche. Ninguno de ellos dice bueno, lo dejamos por hoy, ya volveremos, démosle diez días de margen y ya veremos. Los dos cachas que no han dicho una palabra se plantan en medio del piso y le aconsejan, sin la menor hostilidad, que obedezca lo antes posible.

Vernon observa la sala —¿podría ofrecerles algo a cambio de otro aplazamiento? Siente que los hombres empiezan a ponerse nerviosos —temen que reaccione violentamente. Están acostumbrados al patetismo y a los gritos. Vernon pide un cuarto de hora, el alguacil suspira —pero se siente aliviado, el inquilino no es un pirado agresivo.

Vernon se sube a un taburete para coger de encima del armario la bolsa más resistente que tiene. Al bajarla, le caen en los hombros bolas de polvo gris. Estornuda. Algunas situaciones son tan insólitas que nos negamos a verlas como realmente son. Llena la bolsa. Los cascos, el iPod, unos vaqueros, la correspondencia de Bukowski, dos jerséis, todos los calzoncillos, una foto dedicada de Lydia Lunch y el pasaporte. El terror le impide pensar. Como acaba de enterarse de que Alex ha muerto, se le ocurre sacar del fondo de un armario, escondido detrás de sus pilas impecablemente ordenadas de Maximum Rock’n’Roll, Mad Movies, Cinéphage, Best y Rock & Folk, el paquetito de tres cintas que Alexandre filmó en su casa la última vez que estuvo allí. Podría intentar venderlas… Luego se quita las Doc y se pone sus botas preferidas. Coge un despertador amarillo de plástico que compró en un bazar chino hace ya diez años y que ha aguantado hasta ahora. La bolsa pesa. Sale del piso sin decir una palabra. El alguacil lo para en el rellano, no, no prefiere ningún guardamuebles en concreto, sí, un mes para recuperar sus cosas, firmar aquí, no hay problema. Luego baja la escalera, en realidad convencido aún de que no es grave, de que volverá.

En la escalera se cruza con la portera. Siempre se ha llevado bien con ella. Es un inquilino ideal, soltero, que siempre le hace algún comentario sobre el ruido de las obras que están haciendo en la calle, el tiempo que va a hacer o alguna broma —un ligero coqueteo sin consecuencias, pero que encanta a esta mujer de unos sesenta años. Ella le pregunta si todo va bien —no se ha dado cuenta de que unos cerrajeros han subido a su casa. Vernon no encuentra ni las palabras ni el valor para contárselo. A ella no le sorprende verlo bajar con una bolsa tan grande, lo ha visto decenas de veces ir cargado a correos. Él descubre entonces que su situación lo avergüenza. La última vez que lo echaron fue del instituto. Llegó a clase colocado de ácido con su amigo Pierrot, que tiempo después se colgaría de un puente, un domingo al amanecer —y los mandaron al despacho del director, que los expulsó. Este recuerdo lo transporta a la cocina de la casa de su familia. Sus padres murieron jóvenes. No tiene claro si le habrían ayudado ahora. Eran estrictos. Les preocupaba que fuera por el buen camino, nunca estuvieron de acuerdo con todas aquellas historias del rock’n’roll. Querían que hiciera oposiciones para administrativo. Siempre dijeron que tener un negocio no podía acabar bien. Al final tuvieron razón.

En la calle, pensar en los objetos que ha dejado en casa y que debería haber cogido le pesa como una losa en el pecho. Toca con la punta de los dedos el extremo del documento administrativo doblado en cuatro partes que se ha metido en el bolsillo trasero. Le tiemblan las manos, ya no le obedecen. Tiene que pararse, pensar con calma y buscar la manera de solucionar todo esto. Mil euros. Es mucho, pero puede conseguirlos. Sus cosas no están perdidas —y a algunas les tiene más cariño del que pensaba. El reloj que le regaló Jean-Noël. Los test pressings del primer álbum de los Thugs, que consiguió por casualidad cuando el label manager de Gougnaf Mouvement se apalancó en su casa una temporada. La petaca de Motörhead que Eve le trajo de una escapada a Londres. La copia original de una foto de Jello Biafra que Carole hizo en Nueva York. Y el Selby dedicado.

La amenaza de desalojo planeaba sobre él desde hacía tanto tiempo que había acabado creyendo que era la vieja sirena de una guerra que siempre ganaría. Si Alexandre siguiera ahí, Vernon sabría lo que hacer: iría al portal de su casa y removería cielo y tierra hasta encontrarlo. No le daría ninguna vergüenza —su viejo amigo habría estado encantado de sacarlo del aprieto. Al fin y al cabo, para eso le servía Vernon, para dar a su dinero algún valor real.

Ojalá se le hubiera ocurrido buscar a Alexandre, en lugar de enviarle esporádicamente un mail amable esperando a que despertara. Si Vernon hubiera ido a casa de Alex a gorronearle, todo habría sido diferente. Se habrían drogado juntos, tranquilos, a domicilio —y Alex no se habría metido en la bañera de un hotel de mierda. Lo que habrían hecho habría sido escuchar directos de Led Zep en Japón.

Vernon sabe desde hace un rato lo que es la ciudad sin dinero. Cines, tiendas de ropa, restaurantes, museos —hay pocos sitios en los que puedas sentarte a resguardarte del frío sin pagar. Quedan las estaciones, el metro, las bibliotecas y las iglesias, y algunos bancos que aún no han quitado para evitar que personas como él se sienten gratis demasiado tiempo. Las estaciones y las iglesias no tienen calefacción, y la idea de colarse en el metro con la bolsa le desmoraliza. Recorre la avenue des Gobelins hacia la place d’Italie. Tiene suerte, el sol ilumina las calles, aunque estos últimos días ha llovido. Si hubiera aguantado un mes más, ahora estarían a principios del invierno.

Intenta no desanimarse mirando a las chicas por la calle. En su época, al primer rayo de sol las chicas sacaban lo más corto que tenían para celebrar el acontecimiento. Hoy en día llevan menos faldas, más zapatillas deportivas, y su maquillaje ha pasado a ser discreto. Ve a muchas mujeres que pasan de los cuarenta y que hacen lo que pueden, con ropa comprada en rebajas que las sedujo en las perchas, prendas que no son caras y que parecen copias decentes de trapitos de alta costura. Pero en cuanto se las ponen, solo se ve su edad. Y las chicas, las chicas siguen siendo tan guapas como siempre, pero se arreglan peor. Hay que decir que el regreso de los años ochenta las ha perjudicado.

El jueves, las puertas de la biblioteca no abren hasta las dos de la tarde. Vernon ya está harto de estar en la calle. Recorre la avenue de Choisy y se instala debajo de una marquesina de autobús. Había pensado ir hasta el parque, pero la bolsa pesa demasiado. Se sienta al lado de una cuarentona que se parece vagamente al cantante Jean-Jacques Goldman. Ha dejado entre sus pies un gran capazo de tela lleno de comida pijipi. Todo en su actitud destila inteligencia, naturalidad, seriedad y pretensión. Es evidente que la mujer evita su mirada, pero el primer autobús que pasa no es el suyo. Ella saca un cigarro del bolsillo del abrigo, él intenta entablar conversación, sabe que lo tomará por un plasta, pero necesita intercambiar unas palabras con alguien.

—¿No es una contradicción? Quiero decir, comer cosas ecológicas y fumar.

—Sí, pero hago lo que quiero, ¿no?

—¿Y querría darme un cigarro?

Gira la cabeza suspirando, como si llevara tres horas dándole la tabarra. No hace falta exagerar, se dice Vernon, la tía no es ningún cañón, no es ninguna cría, seguro que puede hacer sus compras sin que le tiren los tejos cada cien metros. Vernon insiste, sonríe señalando su bolsa:

—Esta mañana me han echado de mi casa. He tenido cinco minutos para recoger mis cosas y marcharme. He olvidado coger el tabaco.

Ella no sabe si creérselo, y luego cambia de actitud. Al ver que su autobús se acerca, saca un paquete de cigarrillos del capazo y se lo da. Lo mira directamente a los ojos, y Vernon observa que se ha conmovido. La tía debe de ser sensible, está a punto de llorar.

—No puedo hacer gran cosa por usted, pero…

—¿Me da el paquete? Genial. Voy a fumar un montón. Gracias.

A través del cristal del autobús, la mujer le hace un gesto con la mano, algo así como venga, todo irá bien. La piedad, desprovista de desprecio, que siente por él abruma a Vernon con mucha más intensidad que si le hubiera puesto de vuelta y media.

En una hora se ha terminado los cinco cigarrillos del paquete. El tiempo pasa con una lentitud insoportable. A Vernon le gustaría poder dejar la bolsa en algún sitio. Ojalá existieran aún las consignas de las estaciones.

La biblioteca abre por fin. El escenario le resulta familiar. Se ha llevado prestados muchos cómics y DVD. Antes de que los periódicos estuvieran disponibles en la red, solía ir a hojear la prensa diaria. Se sienta al lado de un radiador y abre un ejemplar de Le Monde, que no tiene la menor intención de leer. Pero si fuera una mujer, le apetecería dirigirse a un hombre que lee Le Monde, sobre todo si este adopta una expresión de interés, la expresión de un tío que se informa pero no deja que le cuenten cuentos.

Hojea mentalmente una agenda imaginaria, hace una lista de las personas que podrían echarle un cable, desde la letra A hasta la Z. Tiene que haber alguien que pueda acogerlo en su casa, que pueda prestarle un sofá o una habitación. Ya se le ocurrirá.

Se fija en una morena de la mesa de al lado. Lleva el pelo hacia atrás y unos pendientes pasados de moda, dorados y con piedrecitas brillantes. Va arreglada, pero algo chirría en su elegancia —está caducada. Da la sensación de estar muy sola. En su mesa hay libros de medicina abiertos. Quizá tenga una enfermedad muy grave. Podrían hacer un apaño ellos dos. Vernon la imagina sola en un piso grande, sus hijos deben de ser ya mayores, estudian en el extranjero y solo vuelven a casa por Navidad, seguramente le gustan el sexo y los hombres inmaduros, habrá sufrido lo bastante como para saber que cuando se tiene a un buen tío hay que esforzarse para no perderlo, pero tampoco nada que la haya dejado destrozada. Y debe de estar sola porque, por ejemplo, el trabajo le ocupa mucho tiempo, o porque hace poco la dejó un tío aún más rico que ella, que se encaprichó de una jovencita, así que antes de marcharse le dejó una buena pasta. Agradecida de tener a un hombre en casa, vaciaría una habitación para Vernon, que la convertiría en la sala de música, la amueblaría de cualquier manera pero invertiría en sonido, y algunas noches se sentarían allí los dos, ella se burlaría amablemente de su colección de discos piratas, pero en el fondo le gustaría que tuviera una pasión noble. A las mujeres les gustan los chicos a los que les gusta el rock, es lo bastante canalla para volverlas locas, y a la vez es compatible con la comodidad burguesa.

Se entusiasma unos minutos pensando en estas cosas, luego se difuminan. Y Vernon se acuerda de todas las veces que, en el metro, se había fijado en gente que parecían ser pasajeros como él, pero a los que, una vez dentro del vagón, veía quedarse en el andén. En la estación Arts et Métiers, en la línea 11, dirección Hôtel de Ville, había un joven negro que siempre dormía en el mismo banco, con un quiste enorme que le deformaba la mejilla. Allí estuvo más de dos años. Estaba la rumana de la République, la había visto dando el pecho a su hija, luego la cría aprendió a andar, y más tarde bebía Coca-Cola a los pies de su madre.

Aún no sabe quién va a alojarlo, pero sabe que no dirá la verdad. Es demasiado acojonante. Se montará una historia menos bestia. De todas formas, a la gente le gusta que la engañen. Somos así. «Ahora vivo en Canadá, he tenido que venir para arreglar el papeleo, busco un sitio donde quedarme tres noches, ¿podríais prestarme vuestro salón?» Tres noches. Más es abusar. Canadá está bien —un destino que a nadie le interesa, no vayan a hacerle preguntas que no sepa contestar. Bebo jarabe de arce, los Hells Angels siguen siendo igual de malos, la coca está bien de precio y las chicas son fogosas, pero hay que acostumbrarse al acento.

¡Emilie! Tiene que estar muy trastornado para no haber pensado en ella inmediatamente, sabría llegar a su casa con los ojos cerrados. Un quinto piso sin ascensor de dos habitaciones, detrás de la gare du Nord, que le compraron sus padres cuando tenía veinte años. Allí montaron fiestas memorables. Y decenas de noches en petit comité, allí bailó, bebió, vomitó, folló muchas veces en el cuarto de baño, cenó, fumó porros y escuchó a los Coasters, álbumes de Siouxsie y Radio Birdman. Emilie era bajista. Le gustaban L7, Hole, 7 Year Bitch y otras cosas bastante lamentables que solo pueden escuchar las chicas. Brusca y despreciativa en el escenario, a lo neoyorquino. En la vida civil, muy amable. Quizá demasiado. No necesariamente afortunada en el amor. Se ruborizaba fácilmente, y a él le parecía sexy. Llevaba botas altas tipo Los vengadores, y cuando estaba en el escenario sus caderas trazaban círculos lánguidos y extrañamente convulsivos, sujetaba el bajo a la altura de las rodillas y tocaba las cuerdas girando la cabeza hacia atrás para ver los ojos del batería, como si le diera por el culo. Tocaba bien. Nadie sabe por qué dejó la música cuando el grupo se separó. Cuando lo llamó llorando para decirle que Jean-Noël había muerto, sintió pena por ella. Que a estas alturas siguiera acostándose con tíos que no están libres… Después del entierro, ella le propuso muchas veces que quedaran, pero Vernon no tenía ánimos y no contestó. Emilie vertió una ráfaga de comentarios incendiarios en su página de Facebook. A los que no respondió. No le guarda ningún rencor, sabe que a veces perdemos la cabeza.

[...]
Virginie Despentes

martes, 7 de febrero de 2023

Crónicas de arrabal



Sucesos de Sevilla
(Crónicas del arrabal de Triana de 1592 a 1604)
Francisco De Ariño

[vía Cervantes virtual]

viernes, 27 de enero de 2023

El libro de Monelle


"Porque sabrás que las pequeñas rameras sólo salen una vez de la muchedumbre nocturna para cumplir una misión de bondad. La pobre Ana acudió en auxilio de Thomas de Quincey, el fumador de opio, que desfallecía en una ancha calle de Oxford bajo los grandes quinqués encendidos. Con los ojos húmedos le acercó a los labios un vaso de vino dulce, lo abrazó y le prodigó caricias. Luego volvió a sumergirse en la noche. Tal vez murió poco después. «Tosía - dice de Quincey - la última noche que la vi». Quizá erraba aún por las calles; pero, a pesar de su apasionada búsqueda y de haber arrastrado las burlas de las gentes a las cuales interrogaba, Ana se perdió para siempre. Más tarde, cuando pudo disfrutar de una vivienda abrigada, pensó muchas veces, con lágrimas en los ojos, que la pobre Ana hubiera podido vivir allí, junto a él. En cambio, se la imaginaba enferma, moribunda o desolada, en la negrura central de un burdel de Londres, habiendo llevado consigo todo el amor piadoso de su corazón. "
Marcel Schwob
El libro de Monelle (fragmento)
[El Poder de la Palabra]

viernes, 16 de diciembre de 2022

Usurpación tolerada



La dramaturga María Lejárraga, triunfadora en Broadway y plagiada por Disney, diputada feminista, libretista de 'El Amor Brujo' que musicó Falla, permitió que sus obras se publicaran a nombre de su marido, quien al parecer no escribió una sola línea.
Imprescindibles (Disponible hasta el 26/12)
CIDA | Wikipedia | Summer Films | Cinemanía | Twitter

martes, 22 de noviembre de 2022

La vida perra



'La Vida Perra' (Pablo Macías, 2019)
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Documental que retrata la peculiar figura del tangerino-español Ángel Vázquez, autor de una obra magistral de la literatura, "La vida perra de Juanita Narboni". Anarquista, homosexual, alcohólico, holgazán empedernido, solitario, reclusivo, extremadamente reservado, son algunos de los datos que sirven aquí para decsribir a este escritor maldito, que ganara el premio Planeta en 1962 con otra primera novela actualmente bastante olvidada, y que ejerció numerosos oficios, entre ellos el de censor, todos con igual desdén. Criado en la época del Tánger internacional, hogar ocasional de, por ejemplo, los escritores de la generación beat, atraídos estos por el ambiente y la facilidad para conseguir drogas, y que tuvieran como anfitrión a un amigo común y otro personaje interesante de la cultura, Emilio Sanz De Soto. Al parecer fue Jane Bowles, escritora y esposa de Paul Bowles, la que inspiró al protagonista a escribir. Vázquez, cuyo nombre real era Antonio, falleció arruinado y además quemó antes de ello dos novelas terminadas, con lo cual el foco siempre que se le menciona queda casi exclusivamente limitado a Juanita Narboni, que fue llevada al cine en dos ocasiones, en 1982 y 2009.

miércoles, 27 de octubre de 2021

Violeta



AHÍ AFUERA

Te advierto que ahí afuera ladran perros,
que un espejo mira helado tu cabeza.
No abras las ventanas, no las abras,
finjamos otra vez que aquí no hay luz,
que estamos muertos.
El humo, los cafés,
el nota que te trae de madrugada,
aquel colega que escapó,
este que viene a despertarte,
las caricias, el coraje,
las mañanas con Rimbaud...
¿Si lo que ayuda a vivir, lo verdadero,
apenas cuesta nada, por qué es tan alto
el precio de la vida?.

Violeta C. Rangel.
(Cosecha Roja)

[vía Radicales y marginales | Las otras...]

jueves, 4 de marzo de 2021

Cacaseno emponzoñado


Autorretrato de J.G.D.B. en Navas, 1956.


CONTRA JAIME GIL DE BIEDMA

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa.

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo. ¡Si no fueses tan puta!

Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo.

Jaime Gil De Biedma (Poemas Póstumos, 1968)


>Voz de Jaime Gil De Biedma [Poesía en español]
>Conversando con Jaime Gil de Biedma
>Retrato del artista
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El Columpio Asesino - Huir

jueves, 28 de mayo de 2020

Nella Larsen




Wikipedia Es·En

>Un oficio peligroso: NELLA LARSEN Y LORCA
>La escritora desaparecida del Harlem mítico del jazz
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>La vida imaginada: Nella Larsen y la identidad mixta

jueves, 12 de marzo de 2020

Mil dolores pequeños


De la piel pa'dentro mando yo [Ep 7", 1995]


Mil dolores pequeños a veces me anonadan.
La noche me recoge fatigado y me abraza;
pero vuelvo, y aún vuelvo, y vuelvo todavía
violento y desnudo, joven con el día.

'Con Las Fuerzas Primeras', Gabriel Celaya

domingo, 26 de enero de 2020

Deseo de ser piel roja



"Si uno fuera de verdad un indio, siempre alerta, y encima del caballo galopante, angulado en el aire, vibrara una y otra vez sobre el suelo vibrante, hasta abandonar las espuelas, pues no harían falta las espuelas, hasta desechar las riendas, pues no harían falta las riendas, acaso vería ante sí el terreno como una pradera segada al raso, desaparecidas ya las crines y la cabeza del caballo."
Franz Kafka



Este poema en prosa, que parece expresar un anhelo de libertad salvaje y autosuficiente, fue escrito por Kafka (1883-1924) de un tirón en la noche del 22 al 23 de Septiembre de 1912 y apareció por primera vez en 1913 en la revista Arkadia. Puede encontrarse incluido en algunas ediciones de relatos de Kafka. Probablemente el título y/o su contenido han inspirado, entre otros, un poema de Panero, una película, un libro de Belén Gopegui y un ensayo de Miguel Morey.

viernes, 17 de enero de 2020

Jusep Torres Campalans



















Jusep Torres Campalans fue un artista pionero y figura clave del cubismo, eclipsado por otras figuras más referenciadas como Picasso o Braque. El peculiar escritor Max Aub reivindicó en una documentada biografía de 1958 su figura, dándole una pequeña visibilidad que hasta el momento no tenía. Se le mencionó entonces en algunos artículos de prensa que se hicieron eco del libro. En realidad todo fue una especie de broma macabra o divertimento de Aub, que incluyó en el libro algunas obras realizadas al alimón con su nieto y se compinchó con otros intelectuales e instituciones, completando así el documento de ficción.
Jusep Torres Campalans was a pioneer artist and key figure of Cubism, eclipsed by other more referenced figures such as Picasso or Braque. The peculiar writer Max Aub claimed in a documented 1958 biography his figure, giving him a small visibility that until that time he did not have. He was then mentioned in some newspaper articles that echoed the book. Actually everything was a kind of macabre joke or amusement of Aub, which included in the book some works made in conjunction with his grandson and had the collaboration of other writers and institutions, thus completing the fiction document.

martes, 5 de marzo de 2019

Genet en el Barrio Chino


Barrio chino, 1930. Foto: Gabriel Casas Galobardes


Producción: Mallerich Films - Paco Poch (2011)
Dirigido por Juan Caño Arecha


"Rechazando las virtudes del mundo, los delincuentes irremediablemente se comprometen a organizar un universo prohibido. Se comprometen a vivir en él." (Jean Genet)

miércoles, 28 de marzo de 2018

Nuestra Señora de las Cenizas



"Río de Janeiro: 15 kilómetros. Un hedor acre y nostálgico de aguas residuales invade mis sentidos y me despierto de golpe, entrecerrando los ojos ante la animada mañana de un mundo de fantasía.
Aquí las señales de tráfico deberían decir: Abandonad toda esperanza.
Unas columnas de humo negro se alzan como dedos larguiruchos de bruja que avisan con gestos por encima de hectáreas de deprimentes casuchas con tejados de hojalata.
El patio trasero del diablo; chabolas y edificios de ladrillo sin fachada, tiznados de hollín, destartalados; nubes de humo ondean desde grises chimeneas torcidas contra un cielo azul plano plagado de buitres que vuelan en círculos; fragmentos desolados de fábricas hundidas en el desierto cieno rojo como dientes rotos en la boca abierta de un cadáver desnutrido; páramos infernales que se extienden sin fin.
Éste no es el Río de Janeiro de la frívola memoria de mi juventud: una ciudad melancólica de paisajes de verdes montañas, de sueños de sonrientes y sensuales mulatas bailando samba. Ni rastro queda de las espumosas aguas azules de aquellos días tropicales saturados de sol, ni de aquellas húmedas e intermitentes noches de putiferios.
No. Éste no es el lugar que conocí. Este circo de los horrores infestado de pobreza es una depravada masacre del alma. Arden a lo largo de una polvorienta carretera al infierno hogueras de basura envueltas en una humareda negra como pedos expelidos por mil años moribundos. Esqueletos descamisados de lo que en su día fueron hombres, un hormiguero de espíritus condenados se echan a las espaldas derrotadas y correosas cargas imposibles de una hilera de camiones que escupen humo al ralentí; chuchos escuálidos se dan salvajes dentelladas con los colmillos rojos en pequeños círculos viciosos sobre este césped torturado, estéril, urbano.
Infierno. Pienso en el terrible Inferno de Dante mientras contemplo la infinidad de viviendas apagadas, de ladrillo hueco color mierda, y me pregunto si no me habré muerto en los eriales de las frenéticas selvas malarias, en algún punto entre Ciudad de México y esto.
¿A ver si esto es el infierno? 
¿Es que ahora soy un fantasma? 
Bueno, pues si por fin he llegado al Pozo del Abismo, Dios y el Diablo saben que hay un lugar reservado para Ignacio Valencia Lobos. 
Dios y el Diablo saben que tengo una buena pandilla de amigos en el Otro Lado.
Movido por oleadas de progresivo espanto, miro a mi alrededor a medida que nos absorbe un remolino triturador fruto del tráfico de primera hora de la mañana, el paisaje convertido en una eterna vorágine traqueteante de bocinazos, tartanas histéricas, un abanico inimaginable de salpicaduras de óxido, polvo y deterioro, pasando a toda velocidad entre camiones y buses estruendosos y pesados, abarrotados de masas de pecadores de semblante aburrido condenados a perpetuidad, malditos.
Me asfixio con la acre pestilencia de averno del sulfuro y el azufre; negros vapores venenosos arrojados en nubes de flatulencia deyectada sin amortiguación alguna; una visión perfecta del Día del Juicio en el Infierno, envuelto en un grasiento rocío gris tóxico.
¿Qué le han hecho a mi hogar?
¿Dónde coño está Río de Janeiro?
Primera hora de la mañana en el Infierno; una ciénaga mierdosa de monótonos, opresivos presagios, apuros y conflictos, en algún punto de los infaustos y olvidados arrabales de Babilonia: Río de Janeiro, Ciudad de Dios, en el Año 2006 de Nuestro Señor."

'Narcisa: Nuestra Señora de las Cenizas'

miércoles, 7 de marzo de 2018

Virginia Woolf dijo

Virginia Woolf said


Virginia Woolf, 1902. George Charles Beresford



"Los ojos de los otros, nuestras prisiones; sus pensamientos, nuestras jaulas." “The eyes of others our prisons; their thoughts our cages.”

“No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.” “There is no gate, no lock, no bolt that you can set upon the freedom of my mind.”

“Si no dices la verdad sobre ti mismo, difícilmente podrás decirla sobre otras personas.” "If you do not tell the truth about yourself you cannot tell it about other people."


[Virginia Woolf: Wikipedia Es | En]

miércoles, 28 de febrero de 2018

Un poema ártico de Vicente Huidobro



NOCHE

Sobre la nieve se oye resbalar la noche
La canción caía de los árboles
Y tras la niebla daban voces

De una mirada encendí mi cigarro

Cada vez que abro los labios
Inundo de nubes el vacío
              
En el puerto
Los mástiles están llenos de nidos
Y el viento
 gime entre las alas de los pájaros

Las olas mecen el navío muerto

Yo en la orilla silbando
Miro la estrella que humea entre mis dedos


['Poemas  Árticos' (1918)]

martes, 9 de enero de 2018

Delicia insana



ALCOHOL

Claro nombre, mortal como el pecado
y la herida del corazón.
Agua de perdición.
Nombre de demonio.
Delicia insana.
Mal placer...
¡Alcohol!
Mentira, química, muerte.
Falso fuerte, dicha fea...
¡Maldito sea!

Manuel Machado, 'El Mal Poema'

domingo, 8 de octubre de 2017

Mano Diestra Roja




Take a little walk to the edge of town
and go across the tracks
Where the viaduct looms,
like a bird of doom
As it shifts and cracks
Where secrets lie in the border fires,
in the humming wires
Hey man, you know
you're never coming back
Past the square, past the bridge,
past the mills, past the stacks
On a gathering storm comes
a tall handsome man
in a dusty black coat with
a red right hand

He'll wrap you in his arms,
tell you that you've been a good boy
He'll rekindle all the dreams
it took you a lifetime to destroy
He'll reach deep into the hole,
heal your shrinking soul,
but there won't be a single thing
that you can do
He's a god, he's a man,
he's a ghost, he's a guru
They're whispering his name
through this disappearing land
But hidden in his coat
is a red right hand

You don't have no money?
He'll get you some
You don't have no car?
He'll get you one
You don't have no self-respect,
you feel like an insect
Well don't you worry buddy,
'cause here he comes
Through the ghettos and the barrio
and the bowery and the slum
A shadow is cast wherever he stands
Stacks of green paper in his
red right hand

You'll see him in your nightmares,
you'll see him in your dreams
He'll appear out of nowhere but
he ain't what he seems
You'll see him in your head,
on the TV screen
And hey buddy, I'm warning
you to turn it off
He's a ghost, he's a god,
he's a man, he's a guru
You're one microscopic cog
in his catastrophic plan
Designed and directed by
his red right hand


Emprenda un pequeño paseo hasta el límite de la ciudad
Y cruce las vías
Donde se asoma el viaducto,
Como un pájaro perdido
A medida que se desplaza y se derrumba
Donde los secretos se encuentran en los incendios fronterizos,
En los alambres zumbando
Hey tío, ya sabes
Nunca vas a volver
Pasando la plaza, pasando el puente,
Más allá de los molinos, más allá de las montoneras
En una temporal viene
Un hombre alto y guapo
Con una capa negra polvorienta con
Una mano diestra roja

Te envolverá en sus brazos,
Te dirá que has sido bueno
Reavivará todos esos sueños
Que te llevó toda la vida olvidar
Hurgará profundamente en el agujero,
Sanará tu alma encogida,
Pero no habrá ni una sola cosa
Que puedas hacer
Es un dios, es un hombre,
Es un fantasma, es un gurú
Están susurrando su nombre
A través de esta tierra desvencijada
Pero escondida en su abrigo
Está su mano diestra roja

¿No tienes dinero?
Te traerá algo
¿No tienes coche?
Te traerá uno
No tienes ningún respeto propio,
Te sientes como un insecto
Bueno, no te preocupes amigo,
Porque aquí viene
A través de los guetos y barrios
Y las glorietas y los suburbios
Se proyecta una sombra dondequiera que se encuentre
Manojos de papel verde en su
Mano diestra roja

Lo verás en tus pesadillas,
Lo verás en tus sueños
Aparecerá de la nada pero
No es lo que parece
Lo verás en tu cabeza,
En la pantalla del televisor
Y hey amigo, te estoy advirtiendo
Mejor que lo apagues
Es un fantasma, es un dios,
Es un hombre, es un gurú
Eres un gusano microscópico
En su plan catastrófico
Diseñado y dirigido por
Su mano diestra roja

Nick Cave, Red Right Hand, Let Love In (1994)



It was midnight when I arrived home
Said to the police on the telephone
Someone's taken four innocent lives
They never caught the man
He's still on the loose
It seems he has done many many more
Quotes John Milton on the walls in the victim's blood
The police are investigating at tremendous cost
In my house he wrote "his red right hand"
That, I'm told is from Paradise Lost


Era medianoche cuando llegué a casa
Dije a la policía por teléfono
Alguien se ha tomado cuatro vidas inocentes
Nunca atraparon al hombre
Todavía anda suelto
Parece que ha hecho mucho mucho más
Cita a John Milton en las paredes con la sangre de las víctimas
La policía está investigando con tremendo esfuerzo
En mi casa escribió "su mano diestra roja"
Eso, me dijeron, es una cita de 'Paradise Lost'

Nick Cave, Song Of Joy, Murder Ballads (1996)




What if the breath that kindl'd those grim fires [ 170 ]
Awak'd should blow them into sevenfold rage
And plunge us in the flames? or from above
Should intermitted vengeance arm again
His red right hand to plague us? what if all
Her stores were open'd, and this Firmament [ 175 ]
Of Hell should spout her Cataracts of Fire,
Impendent horrors, threatning hideous fall
One day upon our heads; while we perhaps
Designing or exhorting glorious warr,
Caught in a fierie Tempest shall be hurl'd


¿Qué pasaría si la respiración seducida por esos arrasadores incendios
Avivante los hace estallar en la rabia séptuple
Y nos sumerge en las llamas? O desde arriba
Hiciera despertar el brazo de la venganza
¿Su roja mano diestra nos exterminaría? Y si todos
Sus campamentos se abrieran, y este Firmamento
Del Infierno derramara sus Cataratas de Fuego,
Horrores inmensos, amenazando una horrible caída
Cualquier día sobre nuestras cabezas; Mientras que tal vez
Diseñe o incite cruentas batallas,
Envuelto en una tempestad feroz se lanzaría

John Milton, Paraíso Perdido (1667)


Iam satis terris nivis atque dirae/grandinis misit pater et rubente/dextera sacras iaculatus arcis/terruit urbem,/terruit gentis, /grave ne rediret/saeculum Pyrrhae nova monstra questae,/omne cum Proteus pecus egit altos/visere montis,/piscium et summa genus haesit ulmo,/nota quae sedes fuerat columbis,/et superiecto pavidae natarunt/aequore dammae.
Ya el padre de los dioses envió a la tierra bastante nieve y asolador granizo, y su rojiza diestra, vibrando el rayo contra los sagrados templos, llenó Roma de espanto y sembró en la urbe terror de que volviese el funesto siglo de Pirra con sus monstruosos portentos; cuando Proteo condujo sus rebaños a las cimas de los montes, los peces quedaron suspendidos de las copas de los olmos, donde antes se recogían las palomas, y los tímidos gamos nadaron sobre el mar extendido por la campiña.

Horacio, Odas, Libro 1 Poema 2 (A César Augusto)




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>The Red Right Hand by Joel Townsley Rogers | GoodReads
>THE RED RIGHT HAND (1945) | Tipping My Fedora
>Red Right Hand - Adam Hill / Velcrosuit
>Red Right Hand - Liisa Aaltio
>Kristen Terrana Red Right Hand
>Red Right Hand by FrescoGD on DeviantArt
>Red Right Hand Poster - Molly Halligan
>Red Right Hand by DrFaustusAU on DeviantArt
>Nick cave - red right hand | Trampt Library



MiraWatch
Nick Cave & Bad Seeds- Red Right Hand (Jools Holland 1994)
Nick Cave & Bad Seeds - Red Right Hand (London 2004)
Nick Cave & Bad Seeds - Red Right Hand (Austin City Limits 2014)
Arctic Monkeys - Red Right Hand (Reading Festival 2009)
EscuchaListen
PJ Harvey - Red Right Hand


"Me hace feliz escuchar que mi trabajo inspira a escritores o pintores. Es el cumplido más preciado, la mejor recompensa. El arte debería ser un intercambio", Nick Cave. "I'm very happy to hear that my work inspires writers and painters. It's the most beautiful compliment, the greatest reward. Art should always be an exchange."