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LlegĂł siendo una bolita albina, con un pelaje tan suave que parecĂa lanugo. Mariana decidiĂł llamarle Warhol. Le gustaba estar en las escaleras de entrada a la casa para tomar el sol. Quienes pasaban nunca entendĂan su nombre y le inventaban otros: pelusa, bolita, motita. Era imposible verlo y seguir de largo. Él nunca llegĂł para seguir de largo. LlegĂł en la adolescencia de Mariana para ser esa criatura a quien abrazar en la soledad, en el miedo, el desconcierto, la confusiĂłn, el desarraigo. Era un diente de leĂłn suave y frágil que se metĂa abajo de su cama. En esa recámara tan blanca como Ă©l. En esa página nueva tan blanca como Ă©l. Fue paciente en el año que Mariana que estuvo en el extranjero. Y entonces se convirtiĂł en la mascota de toda la familia. Siempre presto a correr escaleras arriba, escaleras abajo; a girar sobre su eje como un derviche cuando se emocionaba. Nunca se fue de largo. Tampoco cuando se mudĂł con Mariana a su pequeño departamento en el jardĂn. Ese fue el r...