“Y me molestaba porque la sentĂa dispuesta a rechazar cualquier consuelo. No habrĂa soportado que yo le cogiera la mano, el hombro, que la estrechara contra mĂ… En fin, estaba sentada frente amĂ, la rodilla puntiaguda, delgada, lisa, frágil, a mi alcance, al alcance de mi mano. Mi brazo estaba colocado de tal manera que sĂłlo tenĂa que extenderlo para tocar su rodilla. Tocar su rodilla era la cosa más extravagante, la Ăşnica que no habĂa que hacer, y al mismo tiempo la más fácil. PercibĂa a un tiempo la sencillez del gesto y su imposibilidad. Como si estuvieras al borde del precipicio, y sĂłlo tuvieras que dar un paso para saltar al vacĂo y, aunque quieras, no puedes.”