mi茅rcoles, 30 de diciembre de 2009

Las Lobatas





La diferencia entre una leyenda y una historia real estriba en que la primera puede crecer hasta alcanzar verosimilitud y empeque帽ecer la verdad de la segunda hasta desvirtuarla. Los mitos y leyendas, los bulos interesados, las falsificaciones, las burdas mentiras de la historia, de buena y mala voluntad, de generaci贸n espont谩nea o por introducci贸n artificial en documentos, acompa帽an al historiador en esta ardua y 谩rida traves铆a investigadora. Sucede algo similar, con las debidas salvedades y sin 谩nimo de reproche, al profundizar en las diferencias entre cronistas e investigadores, los primeros aficionados a aceptar la fehaciencia tal como la reciben y narrar conocimientos y recuerdos y los segundos obligados por nuestra profesi贸n a interpretar lo sucedido al objeto de encontrar respuestas convenientes. En ocasiones, lo interpretado no mejora el legendario conocimiento y en otras la leyenda induce a injusticias que extienden su influencia, acaso por ser m谩s asequibles, simp谩ticas o agradables que la cruda realidad.

As铆 ha sucedido con el nombre de la calle Lobatas, la m谩s larga y recta del Casco Antiguo, resultado de la expansi贸n del Barrio Alto, estirada entre la Portada norte de la alcazaba hasta la atarazana de cordoneros, donde se fabricaban toneles para guardar ese vinillo tan exitoso, resultado de la pisa de la apreciada uva "Marbella", olvidada entre las secuelas de la filoxera. La atribuci贸n de su significado a los lobatos que pudieron acercarse por all铆, dada su abundancia en la sierra, hasta puede parecer cre铆ble, pero avanzar en la invenci贸n hasta relatar la posible existencia de una loba que amamantaba a sus lobatas en las cercan铆as de la calle es tan absurdo que puede llegar a remitir a una fundaci贸n marbellense al estilo de R贸mulo y Remo, pues s贸lo falta que alguien cuente el florido cuento del lobo bueno que salv贸 a alg煤n ni帽o abandonado.




La historia de estos nombres suele ser mucho m谩s sencilla, consecuencia del sentido pr谩ctico de sus habitantes. A principios del siglo XVI decidi贸 aposentarse all铆 Diego Lobato, era de las primeras casas de la calle, importante, con influencia esc茅nica. Tras su fallecimiento, la familia mantuvo el apellido, como resulta l贸gico en tiempos de patriarcados y as铆 viuda, hijas y otras descendientes, pasaron a ser conocidas por Las Lobatas, algo que finalmente se traslad贸 a la identificaci贸n del viario. Ni lobos ni lobas, tampoco lobeznos y lobatos, s贸lo mujeres cuyo apelativo les dotaba de car谩cter, de imagen cl谩nica.

Este uso ha permanecido entre nosotros como reliquias de otra 茅poca, en aliases tan singulares como definitorios en los que las mujeres pod铆an alcanzar notoriedad por la importancia del cabeza de familia: "Las Camachas" por Camacho el de los ultramarinos, "las Cantitas" inconfundibles en rasgos y linaje y muchas otras que podr谩n ustedes recordar, aunque para el caso que nos ocupa me quedo con el de Margara Bernal de "Las Bernalas", por supuesto, de la calle de Las Lobatas.

Mi amigo Rafael, de los Zamora de la calle San Diego, apellido que aparece ininterrumpidamente desde el siglo XVI en el Barrio Alto y desde el XIX en el entorno de las Lobatas, afirma que esta calle contiene tanta historia que podr铆a escribirse una y cierto es que tiene raz贸n, 茅l forma parte de ella con nombre propio. Fue zona de expansi贸n de la ciudad, acogi贸 nuevos pobladores, est谩 fuertemente vinculada a la agricultura de las huertas del entorno, durante la eclosi贸n minera transmut贸 en lugar de posada y albergue y siempre tuvo vitalidad social y pujanza econ贸mica. Frente a los ilustres, burgueses y monumentales centros, las an贸nimas periferias, de an贸nimos trabajadores, quedan ensombrecidas y postergadas. Quiz谩 sea buen momento para reivindicar esas historias consideradas menores en lustre, empero de fascinantes y reverenciales memorias.

martes, 29 de diciembre de 2009

El Archivero (Publicado el 28 de noviembre de 2009)




Siempre he sentido cierta veneraci贸n por los archiveros como custodios del pasado y del saber, sentados en el interior de un mundo tan herm茅tico como misterioso, escondidos entre legajos, a la espera de un nuevo descubrimiento que eleve su figura a la categor铆a de personaje. Nunca finalizan su trabajo, Hoy ser谩 ma帽ana Ayer y el ayer historia. Entre tanto papel s贸lo les queda espacio para el sentido com煤n y una alta responsabilidad, la de guardar nuestra memoria.

En ocasiones, esa memoria queda maltrecha por el desprecio y el silencio cuando no sirve a los intereses de quienes la quieren dibujada a la medida, a la vez que ensalzada, mitificada y convertida en dogma cuando se pone al servicio del poder.

En nuestro pa铆s tenemos una larga tradici贸n en manipulaciones hist贸ricas, quiz谩 tan larga como la historia misma y aunque la historia pueda parecer un hecho irrefutable, hay encargados de convertirla en una opini贸n, un ariete del poder o del contrapoder, un paisaje tan subjetivo como ficticio, una irrealidad tan descabellada que incluso puede propiciar el genocidio, aunque la mayor铆a de las veces s贸lo queda en bravatas entre pol铆ticos, peleas de barrio entre vecinos o en manifestaciones de hechos diferenciales de nacionalismos caducos.

En d铆as pasados he asistido at贸nito, -aunque conozca este corral de la pol铆tica desde hace tiempo no termino de acostumbrarme-, a los ataques que ha recibido el archivero municipal, Francisco de As铆s L贸pez Serrano, causados por la repercusi贸n de un informe hist贸rico sobre la colonia de San Pedro Alc谩ntara, encargado por sus superiores del Ayuntamiento de Marbella, en relaci贸n al expediente de segregaci贸n de ese n煤cleo de poblaci贸n.

No pod铆a creer que un historiador, que adem谩s es nuestro archivero municipal, fuera el objetivo de la ira desbocada de los independentistas de San Pedro. He o铆do amenazas de denuncias basadas en la figura penal de la prevaricaci贸n, aviso a navegantes sobre supuestas consecuencias –espero que ninguna f铆sica-, comentarios sobre la inoportunidad de haber redactado ese informe e incluso un reproche que me llam贸 la atenci贸n, pues dec铆a que otros historiadores hab铆an rechazado la propuesta de emitir ese informe y que no comprend铆a –el entrevistado- c贸mo el archivero pod铆a prestarse a hacerlo.

Y ah铆 estaba el archivero, lejos de las sucias y enlodadas aguas de la pol铆tica, ahora con el agua de la subjetividad hasta el cuello y con el barro de la estupidez hasta las botas, que cre铆a que se limitaba a cumplir con su obligaci贸n como funcionario, como archivero y como historiador, 茅l que siempre se hab铆a caracterizado y se caracteriza por su solvencia y rigor hist贸rico, ahora convertido, bajo el fuego de la desbocada incontinencia verbal de algunos pol铆ticos, en antisampedre帽o, antiindependentista y, por supuesto, el peor mirado desde la colonia o m谩s bien s贸lo por parte de ella pues los movimientos independentistas no suelen ser un谩nimes, en ocasiones ni son mayoritarios, los interesados en la pol铆tica cada vez menos y los extremistas casi ninguno.

Su informe ha sido utilizado como arma arrojadiza, cargada de medias verdades, tanto por quienes se lo encomendaron –el Ayuntamiento de Marbella- como por quienes lo rechazan por no adecuarse a sus dictados y aspiraciones segregacionistas. Unos como otros parecen sentirse capaces de moldear la historia a su antojo, de leerla con los renglones torcidos, con derechos o sin derechos, de quitar o poner y en medio el archivero. Los historiadores nunca terminaremos de acostumbrarnos a los efectos perversos de las acciones pol铆ticas y sus secuelas.

Por todo esto, por tanta injusticia, porque s贸lo un pol铆tico es capaz de descalificar a un historiador por historiar, porque los historiadores no debemos prestarnos a ese juego, quisiera mostrar mi mayor adhesi贸n y 谩nimo al archivero, cuya brillante labor y dedicaci贸n desinteresada por el mundo de la cultura est谩 resolviendo gran parte de las grandes deficiencias que sufre este municipio. Har铆an falta muchos Paco L贸pez.

s谩bado, 26 de diciembre de 2009

La necr贸polis de Guadalmina




La zona arqueol贸gica de Guadalmina es una de las m谩s apreciadas de Andaluc铆a. Junto a la Bas铆lica de Vega del Mar forman un conjunto de valor incalculable. Van den Wyngaerde dibuj贸 por encargo de Felipe II en la segunda mitad del siglo XVI las costas de Espa帽a. A su paso por Marbella subi贸 al pico Lastonar para ilustrar las nuestras y las b贸vedas termales de Guadalmina fueron destacadas como monumento altivo, una mole impresionante de memoria y ruina. El ingeniero Miguel del Corral, que cartografi贸 la zona en 1761, se帽alaba entre las B贸vedas y el entorno de la Bas铆lica los restos de un poblado antiguo. En una revista publicada en 1916 se daba una noticia titulada “Una Pompeya espa帽ola” donde se relataba el hallazgo, a muy pocos metros de unas ruinas llamadas las B贸vedas de unas sepulturas “indudablemente romanas”. P茅rez de Barradas en 1932 afirmaba que la zona formaba un grupo urbano conocido desde hac铆a tiempo e indicaba que hacia poniente de las B贸vedas hab铆a vestigios claros de salazoneras y en todo su contorno restos de edificaciones al parecer importantes por el hallazgo de una basa de columna.




Una vitrina del Museo Arqueol贸gico Nacional muestra los restos hallados en la zona como ejemplos significativos de la 茅poca. En el Museo Provincial de Pontevedra otra vitrina alberga m谩s piezas, en el de Sevilla y M谩laga tambi茅n las hubo. Muestra irrefutable de su importancia.

Rafael Garc铆a Conde en su libro “El esp铆ritu del 79” narra que, debido a la construcci贸n en 1981 de un conjunto de apartamentos en Guadalmina y el club de playa, aparecieron restos arqueol贸gicos. El concejal de cultura y el arque贸logo de la Diputaci贸n fueron apedreados por los alba帽iles en el momento de la visita. A la promotora se le impuso una multa de cinco millones de pesetas. Por supuesto todos los restos fueron arrasados.

En la historia del planeamiento urban铆stico la zona fue incluida como elemento a proteger desde el Plan de Ordenaci贸n de la Costa del Sol, fechado en 1961, en el que se propon铆a un plan sistem谩tico de trabajos con la excavaci贸n total de los antiguos n煤cleos romanos de San Pedro con vistas a su conservaci贸n como museo al aire libre. Los siguientes planes parciales, generales y comarcales incluyeron la protecci贸n del monumento y su entorno sin delimitar en plano hasta donde llegaba el 谩mbito de actuaci贸n citando el entorno como objeto de protecci贸n. En el inminente PGOU se ampl铆a la cautela a toda la urbanizaci贸n: una raya en el mapa.



La reciente Ley patrimonial andaluza, expone que la aparici贸n de hallazgos casuales de objetos y restos materiales que posean valor patrimonial debe ser comunicada en veinticuatro horas a la administraci贸n competente y que cuando exista peligro de destrucci贸n o de deterioro de un bien protegido estamos obligados a avisar a las autoridades competentes y eso hicieron ciudadanos de San Pedro Alc谩ntara comprometidos con su pueblo porque les duele. La misma Ley adjudica la competencia en la gesti贸n a los ayuntamientos encargados de velar por su cumplimiento a los que se entiende les debe doler tambi茅n su pueblo y est谩n obligados a poner todos los medios y voluntades en la protecci贸n de nuestro legado hist贸rico.

Hubo un tiempo, durante doce meses, que el ayuntamiento de Marbella tuvo arque贸logo en plantilla. Fue cuando la gestora. Entre sus cometidos estaba la comprobaci贸n de las licencias de obra incluidas en los 贸rdenes del d铆a de las comisiones de gobierno al objeto de alertar sobre las medidas a tomar cuando la obra pudiera afectar a restos arqueol贸gicos u otras figuras patrimoniales. Su presencia al inicio del desmonte de las excavadoras era una garant铆a, evitaba males mayores. Pero no cundi贸 el ejemplo.

El desconocimiento de la historia no exime del cumplimiento del deber de proteger nuestro patrimonio, con las leyes sucede lo mismo, con la diferencia de que los actos contra la historia los dilucida la historia misma, las leyes los jueces y las voluntades los ciudadanos.

Al parecer hab铆a una necr贸polis en Guadalmina a escasos doscientos metros de las termas, restos romanos de enjundia y ajuares. La raya en el mapa que la proteg铆a a煤n no est谩 aprobada. Todo indica que su mayor parte ha sido destruida, porque nadie sab铆a nada.

EL CONFITERO DEL TRAPICHE



D铆as atr谩s tuve la oportunidad de visitar el Trapiche del Prado, tambi茅n nombrado de la Inquisici贸n, en alg煤n documento antiguo Ingenio de fabricar azucares o Trapiche a secas. Esta antigua factor铆a, una vez despojada de la costra de a帽os de dejadez y maltrato, ha recuperado lustre y se ofrece, con nost谩lgica belleza y emotiva figura a lo Piranesi, como espacio monumental, -el mejor ejemplo de arquitectura industrial de la ciudad-, como precioso legado, que es mimado por Paco Merino, bajo cuya coordinaci贸n facultativa se respeta su trascendencia patrimonial y significado hist贸rico para convertirlo en residencia de ancianos, final feliz para la tenacidad de la familia 脕lvarez y para cuatrocientos a帽os de historia. Estar铆a muy bien permitir su visita p煤blica, aunque sea durante un d铆a, porque su aspecto ruinoso es admirable, acrisolado, majestuoso y fr谩gil.
Sin embargo, arrostr贸 vida azarosa y cierto halo de misterio por su vinculaci贸n al Santo Oficio de la Inquisici贸n. Benito de Castro, due帽o en 1708 del complejo fabril y de las tierras de Puerto Rico con sus manantiales, fundamentales para el suministro de la ciudad, relata en testamento que lo hab铆a adquirido en 1677.
Juan Dom铆nguez Polinario, confitero,  le hab铆an hallado en posesi贸n de libros de pasteler铆a considerados her茅ticos, pecaminosas y dulces recetas. Por esas fechas Polinario estaba preso y sin bienes. A Castro y a sus herederos no debieron ir mejor las cosas porque la Inquisici贸n aparece de nuevo como propietaria en 1720. Seg煤n P茅rez Vidal, Castro se vio sometido tambi茅n a juicio por la Inquisici贸n, aunque lo relaj贸 de su pena, pero no sucedi贸 lo mismo con sus hijos Fernando y Baltasar Pablo, que pese a haberse reconciliado, perdieron el Trapiche y qui茅n sabe si sus vidas.



Sucedi贸 que el Trapiche hab铆a sido construido bajo el signo de la sospecha. Extra帽os nombres, a los habituales del terru帽o como Gaspar Pompes, Matheo Marco y Bert贸 (Bertaud), Joan de Espinosa y Pimienta, Golinario o Polinario, aparecieron en la escena de una industria pionera, tal vez la primera de transformaci贸n de la ciudad. Comerciantes extranjeros, quiz谩 de los Pa铆ses Bajos, portugueses o franceses, casi seguro que algunos jud铆os, recalaron en la ciudad atra铆dos por el auge del cultivo de la ca帽a de az煤car. Lo cierto es que a mediados del XVII arreciaron las intervenciones del Santo Oficio porque conversos, reconciliados y judaizantes, en diversos grados ocupaban puestos estrat茅gicos de la econom铆a nacional, se infiltraban en la sociedad espa帽ola y a veces hasta se integraban mediante matrimonios cristianos.
Cien a帽os despu茅s, Enrique Grivegn茅e, comerciante de origen belga no tan sospechoso de herej铆a como los anteriores, relanzaba la producci贸n de az煤car, sin embargo su condici贸n de afrancesado tras la Guerra de la Independencia le provoc贸 tantos problemas que termin贸 perdiendo los bienes por las deudas acumuladas. El declive del Trapiche fue imparable. Sobre 茅l permanecer谩 siempre la p谩tina de la incomprensi贸n, el estigma de ser un edificio que ocasion贸 penosas desgracias a sus propietarios, que ampar贸 a personas de diferentes creencias o ideolog铆as a las nuestras por las que fueron perseguidos, castigados y ajusticiados. Fue y ser谩 siempre el Trapiche de la Inquisici贸n, tambi茅n el del confitero Polinario, algo que nunca debe olvidarse.

EL “PLAN ZAPATERO” Y LA MARBELLA DE 1803






En periodos de crisis el desempleo amenaza la estabilidad social, el hambre la seguridad nacional y la desesperaci贸n suele desatar la violencia. La recurrencia de epidemias, malas cosechas, devaluaciones monetarias, consecuencias posb茅licas, nefandos gobiernos y dem谩s luctuosos recuerdos de la historia contempor谩nea espa帽ola, tan caracterizada por nuestro decimon贸nico atraso econ贸mico, parecen amenazar el civilizado horizonte del actual acomodo patrio.

Las medidas estatales contra el desempleo, quedan en cuidados paliativos, en una vuelta de tuerca m谩s del estado del bienestar: m谩s ayudas familiares, becas, subvenciones, prestaci贸n de desempleo para aut贸nomos, aumento de los talleres de empleo, prestamos a empresas para que no cierren, a los bancos para que no quiebren y el ofrecimiento de una cantidad elevada del presupuesto a los ayuntamientos a cambio de obras en infraestructuras; es el conocido como “Plan Zapatero”, oficialmente abreviado “Plan E” y correctamente denominado “Plan Espa帽ol para el est铆mulo de la Econom铆a y el Empleo”.

Desconozco la efectividad de estas medidas, no puedo calcular cuando saldremos de la crisis ni cuanto nos costar谩. Tampoco cu谩ndo volver谩n los tiempos del consumo desenfrenado, de las hipotecas a la carta, de sonrisas en las sucursales bancarias, del denso paisaje de gr煤as en acci贸n. No soy adivino, ni siquiera futur贸logo, m谩s s贸lo quedo en historiador de hechos, algunos tan asombrosamente similares a los presentes, que se ofrecen como did谩cticos argumentos de comparativos conocimientos.

Sucedi贸 en 1803, el Consejo del Rey Carlos IV estaba preocupado por las consecuencias que traer铆a al bien p煤blico el n煤mero creciente de trabajadores y jornaleros desempleados, la crisis alimentaria y el aumento de pobres de solemnidad. Ten铆an que “tomar providencias eficaces y activas para el mantenimiento del pobre jornalero en la temporada rigorosa del invierno, y prevenir el crimen, el hambre, las enfermedades y dem谩s resultas perniciosas”. Las medidas consist铆an en obras p煤blicas en los pueblos en las que se pudieran emplear los pobres y desdichados jornaleros. Para su financiaci贸n recurr铆an a la imaginaci贸n de corregidores y regidores, no obstante recomendaban excitar la caridad de los prelados, cabildos y cuerpos eclesi谩sticos de cada distrito y si no fuera posible la suscripci贸n voluntaria entre vecinos pudientes.

La respuesta del corregidor Francisco Vicente Y谩帽ez no se hizo esperar, propon铆a la reparaci贸n del arruinado surgidero de la playa para facilitar el trasiego de los barcos, la construcci贸n de un cuartel para las tropas estantes al objeto de evitar los continuos excesos y tropel铆as que comet铆an con los ciudadanos, la reparaci贸n general de los empedrados de las calles, ca帽er铆as, madres, entradas y salidas de caminos. Para financiarlo ofrec铆a el fondo de Montes de la ciudad, porque, seg煤n afirmaba, el clero se hallaba desafortunado en bienes terrenales en consonancia con la pobreza de la ciudad “una de las m谩s pobres del Reino”. La respuesta de los fiscales del Consejo fue taxativa, ni los proyectos ni los fondos consignados eran conformes a lo establecido.

Tuvieron que pasar m谩s de ciento cincuenta a帽os para que los barcos encontrasen abrigo en puerto, los primeros cuarteles se construyeron para la Guardia Civil tras doscientos a帽os de proyectos in茅ditos y a煤n recuerdo el empedrado de algunas calles olvidadas del casco antiguo de mi infancia. Hubo duros d铆as de invierno de ese mal a帽o en los que se reparti贸 pan para los fam茅licos desempleados, tambi茅n se pagaba por matar lobos en Sierra Blanca y por capturar los gorriones que arrasaban con las cosechas.

El pol铆tico e historiador Miguel Villalba Herv谩s calificaba, a finales del XIX, a Carlos IV como hombre de corto entendimiento. Mariano Rajoy catalogaba en 2005 a Rodr铆guez Zapatero como bobo solemne. En la Marbella de 1804 gran parte de la poblaci贸n lloraba por las esquinas debido a los escasos recursos, mientras se demandaba a la administraci贸n central inversiones; en la Marbella de 2009 lo mismo, acaso con l谩grimas de cocodrilo, como se ped铆a en la tur铆stica del franquismo y en la inmobiliaria del Gilismo. Siempre se habl贸 de construir una l铆nea de ferrocarril y nunca se construy贸, en la actualidad tambi茅n se habla. Ahora se discute sobre la ampliaci贸n del puerto, como hace treinta a帽os. El Plan E est谩 sirviendo para arreglar calles, ca帽er铆as, caminos, conducciones y otros enlucidos y adornos, algunos tan a帽ejos que pudieran pasar por restos arqueol贸gicos. Nada parece suficiente ante tan ancestrales retrasos.

Marbella, la perif茅rica, la marginada, tan desamparada de otras administraciones, agraviada hasta el ninguneo, creci贸 entre pol铆ticos victimistas e incompetentes, entre ciudadanos imbuidos de cierto sentimiento de orfandad, resignados a la espera de un buen gobierno o, al menos, de sus inversiones. Ahora, seguimos igual, tanto, que no parecen haber pasado los a帽os.

jueves, 24 de diciembre de 2009

UNA DE PIRATAS




Los piratas han vuelto. Hac铆a tiempo que los hab铆amos olvidado, tanto que el delito desapareci贸 de nuestro c贸digo penal y su existencia, con sus miedos, de nuestra memoria. Las aguas del Mediterr谩neo, las de mar adentro, las internacionales, eran m谩s peligrosas por la contaminaci贸n que por los ataques enemigos. Los despiadados filibusteros, los crueles corsarios impregnan hoy el imaginario colectivo en su retrato m谩s distorsionado, en heroicas novelas de aventuras, en apasionadas pel铆culas, en incre铆bles dibujos animados, en desternillantes parodias de rid铆culos bucaneros. Todo forma parte de una conjura contra tantos malos recuerdos, que ahora vuelven con toda su crudeza.


Hubo un tiempo que toda la costa peninsular estaba sometida al terror turco, al horror moro. Formaba parte del sinvivir cotidiano pues salir a faenar era una temeridad, transitar por los caminos litorales un disparate. Nadie osaba vivir extramuros y los nuevos pobladores no ten铆an m谩s refugio que las murallas de la ciudad, m谩s consuelo que la fe, m谩s protecci贸n que la de un ej茅rcito formado por una milicia urbana presta al rebato, ciudadanos armados cuya obsesi贸n era la de defenderse para sobrevivir. A principios del siglo XVI, la emigraci贸n junto a carest铆as y epidemias dejaron Marbella pr谩cticamente deshabitada. Doscientos valientes castellanos, recios y curtidos, premiados con propiedades y beneficiados por numerosas mercedes y franquezas, compon铆an un cuadro desolador.


Era tanta la trascendencia del problema, tal era la cantidad de secuestrados, que recalaron en la ciudad los Trinitarios, Orden que ten铆a entre sus obligaciones la del rescate de cautivos, una intermediaci贸n dialogada para la redenci贸n de rehenes retenidos durante a帽os, s贸lo liberados tras costosas negociaciones, en las que las familias llegaban a perder bienes y haciendas con tal de recuperar a sus seres queridos. A su alrededor se cre贸 toda una actividad productiva de alfaqueques, prestamistas, transportistas y correos. Cervantes, que no recal贸 en Marbella tras su liberaci贸n, pudo contarlo. No fue hasta mediados del siglo XVIII cuando aparecieron los primeros signos de su final con el control de las rutas mar铆timas, la ruina de las murallas, la apertura de la ciudad al exterior y la prosperidad de la pesca.


Entre los piratas m谩s temidos, el turco Ali Hamet, -Aliamate para los nuestros- , uno de los capitanes de Barbarroja que protagoniz贸 batallas navales, saqueos y expolios en nuestras costas. La m谩s llamativa el saqueo de Gibraltar aunque la que m谩s nos ata帽e es la fechada en agosto de 1540, cuando los milicianos de Marbella y Estepona vencieron a los berberiscos que hab铆an desembarcado en Saladavieja, lugar cercano a la vecina localidad. Murieron m谩s de setenta turcos. Al d铆a siguiente regresaron a Marbella donde dieron gracias a Dios por la victoria mostrando orgullosos sus cabezas decapitadas y poniendo la bandera del enemigo en la capilla del capit谩n Malaver en el convento de la Trinidad. El d铆a de la batalla al capit谩n le hab铆a dado un gran dolor de ri帽ones por lo que encomend贸 a su sobrino la empresa.


Ahora, con el pasado amortizado, del otro mundo, del tercero, recibimos todo el cat谩logo de la subsistencia: hambre, caos, enfermedades, pateras, todos los horrores de la pobreza, de la vida como un padecimiento. Los piratas llevan m贸viles, los arcabuces trocaron en metralletas, las galeras en fuerabordas. Los relatos del Alakrana nos han roto las caricaturas y las simpat铆as, devolvi茅ndonos su imagen aut茅ntica con escalofr铆os y estremecimientos. Algunos de los nuestros, los de este mundo, el primero, piden sus somal铆es cabezas como trofeos, como muestra de poder, de superioridad. Otros, como nuestro gobierno se conforman con el di谩logo, cual Trinitarios Calzados, calzados con los zapatos de Zapatero. Entonces ni las negociaciones ni los deg眉ellos masivos acabaron con el conflicto. Dicen que el fin de la pirater铆a actual no se conseguir谩 en el mar sino en su tierra, cuando sea civilizada, asimilada a nuestros usos y costumbres tan pac铆ficos. Mas la duda se cierne inquietante sobre motivos y soluciones, de palabras henchidas y voluntades manidas, acaso escasas en cuanto a inversiones reales.