
Al llegar a
Colán, lo primero que vemos, luego de sonreír ante la sonriente bahía adornada con palmeras y casas de playa, es el pueblo, al borde del cual crece un antiguo y arenero templo. Por lo grande, parece sacado de una ciudad antigua y pegado ahí en medio del balneario. Es la construcción más enorme del pueblo en donde los pescadores artesanales duermen la siesta en sus pequeñas casas de adobe.
Cuando era chica, nos parecía toda una aventura ir los domingos. Había que treparse al carro – son por lo menos dos kilómetros desde la playa hasta el pueblo – y ponerse zapatos. Había que dejar el agua y ponerse vestido. Pero no se nos hacía tan pesado pensando en buscar el momento para subir al campanario.
El templo estaba casi en ruinas. Todo él se destartalaba. Las pajas del techo, las paredes de piedra y las puertas parecían caerse en cualquier momento. Uno entraba y sentía que viajaba en el tiempo. Nos sentíamos Indiana Jones en uno de sus viajes fantásticos. Y ni bien terminaba la misa corríamos al peligro, a trepar esas casi escaleras que llevaban al campanario, desde donde se podía ver toda la playa. Aun cuando nos decían no suban, ahí estabamos nosotras gritando, temblando, casi cayéndonos, pero finalmente llegando a subir para mirar la playa.
Con el paso del tiempo la prohibición al campanario fue formal e iniciaron la reconstrucción del templo. Miles de dólares donados por el gobierno alemán, entre otras instituciones más, hicieron posible el milagro de no ver el templo derrumbado. Tomo varios años y mucho esfuerzo del comité pro restauración evitar el derrumbe.
Los documentos y estudios históricos realizados no mienten. Es el primer templo construido por los españoles cuando vinieron al Perú. Y es el primer templo construido en todo sudamérica. Es una reliquia histórica. Al parecer los españoles que vinieron y pusieron una cruz marcándolo como territorio español, vivieron ahí un tiempo y construyeron el citado templo. Pero luego, miraron la punta de la bahía y decidieron poner la ciudad allá, en Paita. Así construyeron templos más grandes, casas más grandes y armaron el puerto que aún hoy funciona en Paita, quedando Colán solo como una playa a donde ir para descansar.
No obstante, la historia no ha terminado. El templo no está completamente reconstruido. La sacristía está al borde del desplome. Las imágenes de santos requieren retoques de pintura y no todo es color rosa. Por si fuera poco, un documento “se extravió” en la región y no se pudo concretar una nueva donación. Y mientras el dinero no llegue, el tiempo sigue haciendo estragos.
No es una catedral, no es un elegante palacio, ni es visitada por miles de turistas. Es toda color arena, toda piedras y cañas, toda pasado detenido en el tiempo. Es hermosamente rústica, sencillamente playera, simplemente nuestra. Y no les extrañe que si algún día me caso, lo hago allá.