El camino no cambia. Nunca. Siempre está ahĂ, de frente y atrás. Andar tampoco cambia. Siempre exige el mismo movimiento mecánico, comenzando siempre por una pierna que desafĂa a la gravedad mientras la otra acompaña buscando el equilibro. Siempre continua con un talĂłn que hace tierra mientras otro despega. Y siempre termina igual, con los pies en algĂşn sitio que difiere de aquel donde ponemos la cabeza. El viento siempre está o pasa, lo mismo el sol, la lluvia y el tiempo.
Pero aún asà hay avances. Y no porque uno se mueva, sino porque uno entiende, después de mucho retorcerse ante el dolor y la angustia, después de mucho llorar hasta la deshidratación, después de mucho apretar el puño consiguiendo poco más que el cansancio y la extenuación, uno entiende, digo, que nada cambia. El camino sigue ahà y para andarlo no hace falta cambiar.
Y en eso precisamente consiste el avance. Consiste en pensar, al borde del llanto desprotegido, con el puño en ciernes y el dolor recorriendo el pecho, que todo habrá de seguir siempre avanzando por el mismo camino. Que no importa cuánto se llore o cuánto se apriete el puño, el camino sigue estando ahĂ en frente (y atrás) y uno sigue aquĂ, parado al centro pensando que se puede estar al borde sin estarlo.
Y asĂ uno avanza, resistiendo al mundo al desistir de uno mismo. Y asĂ es como se llega a la simple conclusiĂłn de que uno avanza no para llegar a algĂşn punto en el camino. No. Uno avanza porque reciĂ©n despuĂ©s de mucho andar, despuĂ©s de tanta rabia y dolor, despuĂ©s de tanta vuelta, reciĂ©n ahĂ uno comienza a entender que de lo Ăşnico que se trata es de avanzar y que el camino sigue estando ahĂ, de frente y atrás y sin saber a dĂłnde vas.