16 agosto 2016

ser y estar

Se puede ser y estar bien. Sí. Pero no es lo mismo.
Se puede estar y ser bueno, lo primero con más éxito social que lo segundo.
Hay gente, por ejemplo, que es sorda. Y otra que está sorda. ¿La diferencia? El que está sordo puede dejar de estarlo, o no haberlo estado siempre. En el primero, en cambio, la sordera es con él y él es con la sordera.
El matiz entre estar y ser triste es, precisamente, bastante triste.
Ser malo es una condición a todas luces poco virtuosa. Pero estar malo de vez en cuando puede ser interesante, incluso divertido. Salvo que uno sea un lácteo, desde ya.
El que está sucio se baña, pero el que es sucio hace trampas y ni la más enérgica fregada lo saca de la inmundicia.
Los que son viejos son sabios. Los que están viejos arrastran su vejez con pesar y resignación.
Estar borracho es una eventualidad, un goce, un asombro de uno mismo. Pero ser borracho es una condena social, una enfermedad y un vacío.
Soy mejor, dice el presumido. Estoy mejor, dice el optimista.
Están claros los motivos cuando uno los ha planteado. Pero son claros cuando no hace falta plantearlos.
Soy así, digo cuando hiero. Estoy así, digo para protegerme.
Los que están tranquilos ya entendieron cómo hacer. Los que son tranquilos ni siquiera se lo preguntaron.
Estar vivo no garantiza ser vivo. Y viceversa.
Soy divertida cuando hago reír, pero estoy divertida cuando me río de otro.
Se puede estar feliz, sin dudas; pero no apostaría demasiado por la fórmula "ser feliz"
Se puede estar distraído cada tanto y llevar una vida más o menos ordenada. No diría lo mismo de quienes son distraídos.
Se puede ser silencioso y, por lo tanto, buen vecino. O se puede estar silencioso un rato y ser, apenas, un buen compañero de biblioteca.


Pero hay cosas que no se pueden.
No se puede estar escritor. Ni se puede ser contento.
No se puede ser deprimido. Ni estar mamá.
No se puede ser desvelada.

Se ve que son cosas así y así.

07 agosto 2016

7 agosto 2015

No son días fáciles.
Ayer me acordé de Granada, de una felicidad como un globo que subía en el aire.
No sé por qué recordé eso. Y nuestras caras esperando a los reyes magos.

Pero hoy tengo una cita con Julia. Otra vez, a espiar su escondite. Y por eso, me digo, habrá que seguir adelante. Inflar globos nuevos. Soñar otros viajes. Como sea. Por ella y para ella.

02 agosto 2016

Uno y los otros

Y es una mariposita blanca que vuela, como confundida, entre la fascinación de un grupo de nutrias. Los simpáticos animalitos hacen una suerte de danza: se agachan, se yerguen, se contonean, siguiendo el errático vuelo de la mariposita. Y ella no sabe -no puede saberlo- si lo que causa en esos bichos, que para ella son gigantes, es amor; es decir, un latir conjunto con su devenir en el aire, un acompañamiento obnubilado de sus pequeñas sacudidas, como de pañuelito diminuto; una entrega blanda a la belleza de su vuelo. O si, fatalmente, las nutrias en realidad la observan con otro propósito; porque quizás -la mariposita no puede saberlo- ese acompañamiento ondulante, esas miradas atentísimas, esa danza magnífica son, en realidad, el acecho del hambre; la graciosa competencia de los animalitos para ver quién la devora primero.