06 junio 2026

Te voy a buscar en la oscuridad

Necesité todo el día, necesité hablar por la radio, escuchar a Patricio Rey sonando en los negocios del barrio, saliendo de los autos, en el gimnasio de kinesiología. Necesité llegar a casa, estar un rato largo sentada en la computadora, abrir un archivo, dejarlo en blanco. Pero sobre todo, necesité poner Bang Bang, mi disco favorito (no el primero que escuché, no el que siempre preferí, sino el que me vino a buscar en la matriz del tiempo), bailar enloquecida, saltando en mi living, cantar a los gritos los roncanroles de Un pacman en el Savoy y Nadie es perfecto, bajar con la belleza melancólica de Esa estrella era mi lujo, poner su rocanrol bajo este pulso. 

Pensé hoy, sin miedo a la hipérbole, que el Indio es nuestro Homero.  Pensé en su frase "mientras tanto, el sol se apaga", pensé que nos vamos despidiendo de las cosas, que sentimos que todo lo hacemos por última vez. Que estamos duelando varias cosas. 

Le mandé un mensaje a Julia, mi hija, para contarle que se había muerto el Indio. Le dije: yo los empecé a escuchar (escuchar posta) de grande, no quiero que a vos te pase lo mismo. Sin imposiciones, entendiendo que cada cual elige a sus maestros, trato de que se vaya construyendo ese legado. Pero es algo inherentemente humano pasar la palabra de los poetas, la melodía de todos los tiempos, de generación en generación. 

No lo pude precisar en la entrevista, pero ahora recuerdo. La primera vez que escuché La bestia pop tenía catorce; fue en una fiesta en un garage, en la casa de una chica en Villa Real, ¿Importa cuándo, dónde y cómo? Sí. Importan las primeras veces porque, en general, las podemos identificar; las últimas son más esquivas. Recuerdo que ese sonido espesaba la fiesta, la volvía más fascinante, me tironeaba con fuerza al abismo de crecer. El sonido puede, como los olores, transportar el ser. Yo escuché La bestia pop, y después Jijiji, y su sonido latoso, de tugurio y de humareda, me asomaron a un paisaje fantástico, igual que lo hacían en ese momento las tragedias de Shakespeare y los cuentos de Cortázar y de Bradbury.

Después pasaron diez años y en mi reproductor de mp3 tuve Oktubre y La mosca y la sopa, y algunos temas sueltos, que escuché con asombro, prestando atención a las letras por primera vez, mientras en la facultad leía a Arlt y al Borges de los cuchilleros, y pensaba que ahí se cifraba un núcleo de esa identidad argentina que habíamos buscado explicar con poquísimas herramientas y con muchísima devoción en las monografías que escribimos en 5to año, en el 2001.

Importan los comienzos porque son fundaciones. Me pasé todo el día leyendo y escuchando testimonios de cómo llegaron Los Redondos a las vidas de su público: por un amigo, un hermano, tíos, padres. La sensación de ser iniciados en un culto, de que uno no volverá a ser el mismo. "La labor de los artistas es abrir puertas y dejar entrar las profecías, lo desconocido, lo extraño", dice Rebeca Solnit.

Los lazos que se fundan en esos descubrimientos son los de una comunidad que busca perpetuarse a través de lo que considera sagrado. Palabras divinas que condensan el misterio de la existencia, el brillo imposible que buscamos tanteando a ciegas, en la oscuridad. Como Homero, reproducido en múltiples copias en la Biblioteca de Alejandría. Como los memorizadores de libros, de Bradbury. 

En mi caso, el duelo también incluye la sensación de haber llegado tarde. De haberme perdido la potencia del fenómeno. Duelar la adolescencia, la que fui (y la que no pude ser), duelar algo que no seremos más.

Pero también esta tristeza dice que llegué a tiempo para saber lo que perdimos. Para saber cuáles son nuestros libros sagrados, esos que vamos a pasarle a la siguiente generación.





27 mayo 2026

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 Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno


Tantas cosas van pasándome por la cabeza todos los días; como un parpadeo de luces estroboscópicas, como se pasa la vida también. No recuerdo ningún otro momento de tanto cansancio. Quiero decir también que la primera vez escribí estroboscómicas, y me parece un hallazgo atendible. Me está costando un poco la liviandad. El cansancio pesa. Me pesa el cuerpo, la panza, la digestión, la cabeza, el culo. 

Esta semana mi concentración no es buena. Se descompuso mi máquina de café y no puedo dejar de buscar soluciones para arreglarla, y modelos para reemplazarla. Yo necesito café. El café me salva y me sirve. Cada día un poco más.

Ayer hubo reunión con familias en la escuela donde trabajo. Los padres/madres tienden a dividirse entre estos dos grupos: de un lado los que prefieren pensar que su hijo es inteligente pero vago, tal vez canchero en exceso, buen pibe/a pero poco dado a las responsabilidades; y del otro los que prefieren pensar que su hijo es quizás algo lento, que muy probablemente necesite más ayuda de la que tiene, un trato especial y algodonado, cualquier cosa antes que admitir falta de voluntad. Hay un tercer grupo, cierto: los que van alegremente por el mundo sin enterarse de qué clase de hijo tienen.

Yo no sé cuál grupo habito. Esta semana fue de mucho pelear con mi hija. Dice que no soy buena con ella, como su papá. Protesta mis gritos y mis malos modos (algo hay). Sola igual se dio cuenta (no como asumiendo una culpa, sino como una verdad ontológica) que ella no es la misma hija acá que allá. No estoy muy segura de si los padres hacemos a los hijos, o al revés.

Otra cosa de estos días, de estas noches: sueños intensos. La vida del otro lado también está potente, pero mucho más liviana. El otro día por ejemplo me soñé andando a caballo a lo largo de un camino con árboles a los costados. Había sorpresa en la suavidad con la que podía manejar al caballo, hacerlo girar para cambiar de dirección. No había montura ni estribos, y las riendas eran suaves. El pelo del caballo también era suave, de color marrón claro. El caballo al girar se quedaba un momento mirándome, con la cabeza vuelta, y yo le acariciaba la barbilla. El caballo era mi gato en una forma aumentada.
Dormir como si se estuviera sobre la grupa de un caballo suave y dócil.

No hay conclusión. No hay síntesis.

Es que decidí volver al blog para estas cosas de los días. Para ponerlas afuera de la gravedad; para que no pesen.

Y para no olvidarme de que puedo escribir; para darme ese permiso.

08 febrero 2026

Padres que regresan de la muerte

 Anoche, viendo Hamnet en el cine, me puse a pensar en que en dos de mis historias favoritas, Hamlet y y Odisea, hay un padre que regresa de la muerte. En un caso -tragedia-, aparece dos meses después de morir, como espectro, intangible e impotente, con los puños llenos solamente de verdades y un llamado a que su hijo ejecute la venganza contra el traidor. En Odisea -épica-, aparece cuando ya todos lo dan por muerto, veinte años después de partir hacia Troya, vivo pero oculto bajo un disfraz de vagabundo, y con los puños llenos de violencia: un plan para vengarse de los pretendientes, y la ayuda divina de Atenea. El espectro de su padre vuelve loco a Hamlet, quien duda de la fiabilidad de su aparición (y recurre al teatro para desenmascarar al asesino), se plantea si vale la pena ejecutar la venganza, reproduciendo así la cultura sanguinaria que aborrece, y, en fin, sobre si la vida tiene algún sentido . El regreso de Odiseo, en cambio, restablece el orden en Ítaca, y le da a Telémaco la oportunidad,  que no había tenido al crecer, de recibir el legado paterno, lleno de gloria y honor.

Recordé entonces una imagen que soñé, y que hacía mucho tiempo no estaba en mi conciencia: mi papá caminando hacia mí por las vías del tren, con el pelo largo y la ropa desarreglada, igual a un hippie de los años '60, o como Charly y Nito en la tapa de Vida. Mi papá vivo, volviendo de un viaje en el que se había perdido, desharrapado pero vivo, volviendo de la muerte. 

Esta imagen la soñé cuando todavía no había pasado tanto tiempo como para dejar de fantasear con su regreso. Fue en la época en que miraba "Regalo del cielo", esa novela en la que un padre moría asesinado por su hermano para quedarse con su esposa y su empresa, y volvía en forma de fantasma al que únicamente su hijo podía ver. O sea: Hamlet.

Pero yo, que tenía la misma edad que el niño de la novela, no veía al fantasma de mi padre. No aparecía al final del día, sentado a los pies de mi cama, para preguntarme cómo estaba, para darme algún consejo. ¿Cómo era posible? Mi sospecha era que, en mi historia, el fantasma de mi papá se le aparecía a mi mamá, muy probablemente cuando se encerraba en el baño.

Acepté esto como una verdad, y, a falta de la solución espectral para volver a verlo, lo soñé viniendo hacia mí por otras vías.  

Sin saberlo, sin haberla leído, a los siete años yo inscribí mi historia en la tradición épica de la Odisea. 

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En el tramo final de la película (Hamnet) se escenifica una representación de Hamlet en The Globe. Es la escena de la muerte de Hamlet, la escena final de la obra. El actor -que hace del actor que hace de Hamlet- pronuncia sus palabras finales, que siempre me erizan: "El resto es silencio". Después, el encuadre deja afuera el escenario y sólo vemos al público (actores haciendo de público), que llora con tristeza, con compasión, con ternura, sin comprender, y comprendiendo, la tragedia, la maravilla que es la vida; la angustia, la incertidumbre de la muerte. Porque "quién aguantaría cargas, gruñendo y sudando bajo una vida fatigosa, si no temiera algo después de la muerte, el país sin descubrir, de cuyos confines no vuelve ningún viajero...". En este momento escucho que el público, en la sala oscura del cine, también llora. Se escuchan los hipos, los suspiros, algún sollozo. En espejo, los dos públicos lloramos. Hay una comunión espectral entre un público ficticio, pero que existe y existió multiplicado a lo largo de cientos de años, y el público presente en la sala, aquí y ahora. Un hilo nos enhebra en la emoción que produce el arte, en lo sagrado, en sabernos humanos y compartirlo con otros. Un hilo sagrado enhebra todas las historias, las que nos hacen vivir una vida más plena, más profunda; las que nadie nos contó pero ya sabemos, porque están grabadas en nuestro ADN. Las que nos ayudan a darle sentido a este viaje inevitable, pavoroso y alucinante, hacia el país sin descubrir.